El amor romántico camina sobre las aguas de los sentimientos superficiales.

Anhelar fusionarse con otro es la eterna quimera cuyos tentáculos llegan a asfixiarnos.

Nos guste o no, somos seres únicos, irrepetibles y completos.

La unidad con uno mismo es lo más sano y honesto que se puede pretender en esta vida.

Sólo a partir de ahí alcanzaremos el poder personal y la responsabilidad para crear uniones, que no fusiones, con los demás.

Elegir tener una relación de pareja es muy distinto a “necesitarla”.

A menudo confundimos las necesidades con los deseos, lo que supone un gran error cognitivo.

Las erróneas creencias sobre el amor las aprendimos en la niñez y continuamos reforzándolas con cada novela que leemos, película, publicidad y demás subproductos culturales que enarbolan el amor romántico como una meta a la que debemos llegar en nuestra existencia.

Nos cuentan que la vida no tiene sentido si no es vivida en pareja, como si estuviésemos hechos de tiempos muertos durante los períodos de soledad.

Este modelo de “amor” es pura dependencia, es “sin ti no soy nada” o “el amor lo puede todo”; falsas creencias de camino al abismo de la desigualdad y el conflicto.

Campo de siembra para la violencia estructural que sufrimos cada día.

El actual sistema penaliza económicamente la soltería a través de Hacienda, bancos, etc…

Apuntala el molde romántico desde un Patriarcado feroz, controlando a los ciudadanos mediante las emociones, sobre todo a las mujeres, a las que hace sumamente dependientes, abnegadas y humilladas frente a esta clase de “sentimiento amoroso”.

Las consecuencias se publican cada día en los periódicos y no son precisamente las nuevas generaciones las que dan un atisbo de luz sobre ello.

La esperanza reside en la igualdad, la autoestima y la autonomía; factores desde los que se puede aspirar a cotas más altas de salud emocional.

Todo lo demás no son más que abismos personales donde sólo se encuentra la insatisfacción.