Viñeta Eneko – @EnekoHumor

Artículo de Caracola – @carolacaracola5

 

Máster de Pablo Casado, de Cristina Cifuentes, de Carmen Montón, “doctorando” de Albert Rivera, tesis de Pedro Sánchez… cada uno con su dosis de truco, de trampa, de sospecha, de trato de favor, de privilegio…

Un departamento de una universidad pública en la que se repartían másteres a grupos de “privilegiados”. Una mafia. Una mafia más.

En todo este turbio asunto, bastante hemos puesto el foco en los políticos que han falseado currículos, que han obtenido titulaciones fraudulentamente, que nos han mentido a todos… Y en la pobre actuación de la Justicia.

Por eso me apetece girar el foco y pasearme entre el bullicio de los pasillos de la Universidad Rey Juan Carlos (con este nombre la cosa ya promete) y meterme en la piel de los que aspiran a un grado, a un máster, a un doctorado. En su piel y en la de sus familias que son las que, mayoritariamente, costean esos estudios. No me va a costar sentirme parte de esos estudiantes, aunque ya hace unos años, fui una estudiante en la Universidad de Santiago de Compostela.

Más que esfuerzo, recuerdo el agobio; el agobio de las fechas que se me caían encima: fechas de exámenes, de entrega de trabajos, los libros que tenía que leer y hasta las fecha de entrega de los libros de la biblioteca de la facultad. Agobio, agobio, agobio de cumplir con todo lo que se me exigía en cada materia. Que no me faltaran apuntes, que apareciese el libro que necesitaba y que estaba buscadísimo en la biblioteca, encontrar en su despacho al profesor con el que necesitaba hablar… Agobio, agobio, agobio… No me llegaban las 24 horas del día ni los 7 días de la semana para cumplir con todo. Pero había que cumplir con todo y llegar a todo.

También recuerdo a Marga (el nombre es ficticio pero el caso es real), una estupenda e inolvidable compañera que provenía de un ayuntamiento costero. Su padre había muerto en el naufragio de un barco pesquero y su madre, con una escasa pensión de viudedad, completaba los ingresos domésticos limpiando portales y casas para poder costear los estudios de Marga y de su hermano. Supongo que la madre de Marga también viviría agobiada.

Con en el recuerdo de mi propia experiencia y del de la madre de mi compañera Marga simbolizo el esfuerzo de una alumna cualquiera en esos bulliciosos pasillos de la Universidad Rey Juan Carlos y el de una familia que lucha, que hace números para llegar a final de mes y al mismo tiempo poder darle unos estudios a su hijo.

En ambos casos, son esfuerzos que provienen de la dignidad del que lucha por salir adelante y buscar su sitio en la vida o desde el deseo de darle a un hijo un medio de vida que le garantice una existencia, a ser posible mejor que la propia.

Pero un día esa alumna agobiada o esa madre que se esfuerza ponen la TV, leen un periódico, ven un digital y aparece la “clase privilegiada” que muy relajados pasearon por los pasillos universitarios cuando estaban silenciosos; los ven ahora en sus influyentes puestos de trabajo, ven como para esa clase privilegiada no hay normas o no hay las mismas normas; consiguieron con trampas lo que para otros es la lucha, agobio y esfuerzo.

Esa misma alumna y esa misma madre tienen también que observar la actuación de una justicia cómplice, que tolera y santifica las malas artes de quienes sustituyen esfuerzo por privilegio.

¿Cómo puede asumir la ciudadanía que tres compañeras de Casado estén imputadas por lo hacer lo mismo que ha hecho el actual presidente del PP y la Fiscalía no vea sombra de delito en la actuación de Casado? ¿Sirven los aforamientos para saltarse la ley?

Y el agobio se convierte en rabia. La rabia de quienes ven como recaen las dudas sobre su digno esfuerzo o temen que algún día un jefe o jefa de Recursos Humanos tuerza el gesto al leer en un currículo el nombre de una universidad pública bajo sospecha.

Y siempre es el pueblo el que paga, el que cumple pero también el que sufre la desigualdad de seguir sintiéndose pueblo y víctima de una sociedad en la que la justicia no es igual para todos.

 

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