Viñetas de Manuel S. de Frutos – @MSdeFrutos – Eneko – @EnekoHumor

Artículo de Doctor Kolimari – @DKolimari

 

Con la ya antigua maniobra de deslegitimar los procesos electorales en Venezuela la oposición trata validar su deslealtad nacional al alinearse con intereses y gobiernos extranjeros.

Cuando el ultraderechista Juan Guaidó se autoproclamó presidente interino sin contar con los demás grupos de la oposición, tan sólo el respaldo contundente del gobierno de EEUU y sus aliados evitaron una crisis interna en la derecha venezolana.

El conflicto actual en Venezuela se enmarca dentro de la pugna que libran la derecha y la izquierda en el continente americano.

Los acontecimientos en Venezuela se desarrollan como un buen culebrón de la tierra. El 10 de enero de 2019 asumió su cargo el presidente Nicolás Maduro, después de ganar las elecciones presidenciales celebradas en mayo de 2018. Unos días después, el 23 de enero, el presidente de la Asamblea Nacional Juan Guaidó se autoproclamó presidente interino de Venezuela. Se trata del último episodio del enfrentamiento entre el poder legislativo (controlado por la oposición) y el poder ejecutivo (controlado por el chavismo) desde 2015.

Toda esta confusión institucional tiene sus raíces en la culebrónica disputa política que vive el país desde la llegada de Hugo Chávez al poder. Chávez aplastó reiteradamente en las urnas a la oposición de derechas durante 14 años (1999-2013). Ya desde entonces, la oposición adoptó la estrategia de deslegitimar los procesos electorales y por tanto los resultados que arrojaban éstos. Con esta maniobra despojaban de legitimidad al sistema político, validaban su deslealtad nacional al alinearse con intereses y gobiernos extranjeros, y se reservaban el derecho a recurrir a medios no democráticos para disputar el poder.

Lo cierto era que los procesos electorales en Venezuela eran de los más escrutados a nivel internacional y jamás se pudieron impugnar sus resultados. En realidad, la derecha opositora a Chávez no conseguía captar el voto popular. Sus caladeros de votos se reducían a las clases altas y medias urbanas. La situación se inclinó más hacia la oposición a partir de 2013 con la muerte de Chávez y la crisis económica. A partir de entonces, la oposición empezó a captar el descontento de una parte de las clases populares y la balanza se equilibró. El sucesor de Chávez, Nicolás Maduro, ganó las elecciones de ese año por poco margen.

En 2015, se confirmó el declive del chavismo. Este año se celebraron elecciones legislativas. En las elecciones a la Asamblea Nacional la oposición logró la mayoría en el Parlamento y se abrió un período de bloqueo institucional entre el parlamento y el presidente. Las elecciones de 2015 son las únicas elecciones que la oposición considera limpias y en las que basa la legitimidad de Juan Guaidó como presidente interino.

La derecha, en su desesperado intento por derrocar al gobierno de Maduro, ha llegado a basar la legitimidad de su poder en el resultado de unas elecciones organizadas por un gobierno “no democrático”. Esta espectacular contorsión argumentativa expresa la desesperación por retomar el poder en la oposición, que no vive uno de sus mejores momentos. Dentro de la oposición existe una importante división interna que dificulta ofrecer una candidatura de unidad.

Cuando el ultraderechista Juan Guaidó se autoproclamó presidente interino sin contar con los demás grupos de la oposición, tan sólo el respaldo contundente del gobierno de EEUU y sus aliados evitaron una crisis interna en la derecha venezolana. Los demás líderes de la oposición han entendido que Guaidó es el candidato de Washington y no se debe hablar más del tema.

Guaidó ha invocado varios artículos de la Constitución, en virtud de los cuales si no hay un presidente electo o no dispone de facultades para el cargo, el presidente de la Asamblea puede asumir la presidencia del país. Esta base jurídica es muy endeble y se basa en el no reconocimiento del resultado de las elecciones presidenciales de 2018, pero sí las legislativas de 2015. En realidad, la fuerza de la autoproclamación proviene del reconocimiento internacional que le han otorgado importantes potencias. EEEUU, Gran Bretaña, Alemania, Francia, España y Brasil tienen importantes intereses económicos en Venezuela que pueden verse recompensados si se produce un cambio de gobierno en Venezuela.

Por otra parte, el gobierno de Maduro se ha esforzado en los últimos años en fortalecer sus vínculos internacionales. Para lo cual ha firmado importantes acuerdos con China, Rusia, Irán y Turquía. Estos gobiernos respaldan al gobierno de Maduro y consideran un golpe de Estado la proclamación de Guaidó. Intentar leer el conflicto en Venezuela como un enfrentamiento entre demócratas y no demócratas impide su comprensión. El conflicto en Venezuela no gira en torno a la forma de gobierno, sino en torno al control del Estado por la derecha o la izquierda y sus repercusiones tanto a nivel nacional como internacional.

El conflicto actual en Venezuela se enmarca dentro de la pugna que libran la derecha y la izquierda en el continente americano. El actual gobierno venezolano es uno de los pocos supervivientes de la oleada de gobiernos del “socialismo del siglo XXI” que dominó América Latina a comienzos del siglo XXI. La marea del populismo de derechas que azota actualmente América está barriendo lo que quedaba de este proyecto emancipador.

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Golpe de estado y culebrón en Venezuela Viñeta Manuel S. de Frutos Artículo Doctor Kolimari

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