Vivimos en una época en la que existe un mandato explícito: sé feliz o sé un imbécil que no se esfuerza lo suficiente.

La felicidad hay que consumirla por los cauces “correctos” que produzcan buenos dividendos para las empresas del ocio y la “normalidad”.

En general, la felicidad se asocia con las emociones fuertes, craso error, ya que ser un buscador de esas emociones es un signo de artificialidad y superficialidad.

Precisamente, las emociones fuertes son aquellas que no podemos prever y deconocemos el cuándo y el cómo se producirán.

Sin embargo, hay quien las busca desesperadamente para sentirse vivo.

Nos dicen que debemos ser felices y positivos en cualquier situación de nuestra vida, aunque pasemos por una etapa difícil de sobrellevar y en la que aflora la tristeza, la rabia o la confusión.

¿Quién no se ha sentido atrapado en una situación personal o en una relación?

Es cierto que hay que procurar ver lo positivo de lo negativo para ir dilucidando posibles soluciones, jugar con los puntos de vista para no meternos en una visión túnel.

Pero de ahí al autoengaño de ponernos la máscara de la felicidad, va un gran trecho.

En el transcurso de nuestra vida sufrimos duelos y pérdidas dolorosas que afectan al estado de ánimo.

Inevitables momentos que deben aceptarse y caminarse.

Sólo pasa y se resuelve el dolor que atravesamos y al que nos enfrentamos.

Huir de él lo alarga en el tiempo.

Por otra parte, el sentimiento de ser feliz depende de las expectativas que nos hayamos creado.

Todo es relativo.

Para terminar, felicidad sí, sólo si es verdadera y no un antifaz que nos tapa los ojos.

Los años nos van dejando en la piel el rastro de una serenidad estable, el reflejo de una satisfacción consciente, quizá la huella de haber aprendido a valorar lo que se tiene por encima de lo que se desea.

 

Foto de Jill Wellington