Miguel Hernández (Orihuela, 30 de octubre de 1910-Alicante, 28 de marzo de 1942), el poeta-pastor que quiso ser un combatiente más, sin mayores privilegios que otros milicianos, abandonado por la élite de la Alianza de Intelectuales Antisfascistas, y encarcelado por la Dictadura Franquista, tuvo una muerte inhumana y vergonzante en la enfermería de la cárcel del Reformatorio de Adultos de Alicante.

El poeta escribió desde la prisión este bello poema al saber que su mujer y su hijo solo tenían para comer pan y cebolla: “Nanas de la cebolla”.

Como diría Juan Ramón Jiménez en su libro “Guerra en España”:

“El único poeta, joven entonces, que peleó y escribió en el campo y en la cárcel, fue Miguel Hernández.”

Las niñas y los niños las mayores víctimas de las guerras y las posguerras

Las guerras siguen, imparables, alimentadas por el egoísmo de quien las promueve y de quien vende las armas que las sostienen.

Las niñas y los niños son testigos presenciales de la locura que no comprenden, y otros, otros ni tan siquiera nacen porque sus madres son asesinadas o no tienen fuerzas para darles la vida que merecen.

Luego están los que ni tan siquiera cuentan en los partes de guerra, los que mueren de hambre porque sus pobres madres no tienen leche con que amamantarles, secas también de hambre y de tristeza, o a los que ni siquiera el pan alcanza, y también están a los que no les llega la medicina para curar un simple catarro que se acaba convirtiendo en pulmonía, quizá por no tener el calor de una estufa encendida.

También están los que sobreviven, unos mutilados, encerrados en lúgubres orfanatos o robados a sus madres y entregados a los vencedores. Todavía quedan otros, los que son resultado de violaciones y no saben porque sus madres llevan la huella de la tristeza.

Y los niños que llevarán grabado el odio a fuego, los que son arrancados de los brazos de sus madres y padres para convertirlos en niños soldados, y las niñas que son violadas y muchas de ellas convertidas en esclavas sexuales.

Todo esto es lo que no muestran la mayoría de los juegos y películas de guerra, que se preocupan de presentarnos la gloria que alcanzan los “valientes soldados” en sus magníficas aventuras de guerra.

Me gustaría dedicar este bello poema de Miguel Hernández “Nanas de la cebolla” a todas estas niñas y niños, y en especial a los que no aparecen en los partes de guerra, entre los que se encuentran mi tío José Antonio que murió de hambre en plena Guerra Civil Española.

Nanas de la cebolla

La cebolla es escarcha
cerrada y pobre:
escarcha de tus días
y de mis noches.
Hambre y cebolla:
hielo negro y escarcha
grande y redonda.

En la cuna del hambre
mi niño estaba.
Con sangre de cebolla
se amamantaba.
Pero tu sangre,
escarchada de azúcar,
cebolla y hambre.

Una mujer morena,
resuelta en luna,
se derrama hilo a hilo
sobre la cuna.
Ríete, niño,
que te tragas la luna
cuando es preciso.

Alondra de mi casa,
ríete mucho.
Es tu risa en los ojos
la luz del mundo.
Ríete tanto
que en el alma al oírte,
bata el espacio.

Tu risa me hace libre,
me pone alas.
Soledades me quita,
cárcel me arranca.
Boca que vuela,
corazón que en tus labios
relampaguea.

Es tu risa la espada
más victoriosa.
Vencedor de las flores
y las alondras.
Rival del sol.
Porvenir de mis huesos
y de mi amor.

La carne aleteante,
súbito el párpado,
el vivir como nunca
coloreado.
¡Cuánto jilguero
se remonta, aletea,
desde tu cuerpo!

Desperté de ser niño.
Nunca despiertes.
Triste llevo la boca.
Ríete siempre.
Siempre en la cuna,
defendiendo la risa
pluma por pluma.

Ser de vuelo tan alto,
tan extendido,
que tu carne parece
cielo cernido.
¡Si yo pudiera
remontarme al origen
de tu carrera!

Al octavo mes ríes
con cinco azahares.
Con cinco diminutas
ferocidades.
Con cinco dientes
como cinco jazmines
adolescentes.

Frontera de los besos
serán mañana,
cuando en la dentadura
sientas un arma.
Sientas un fuego
correr dientes abajo
buscando el centro.

Vuela niño en la doble
luna del pecho.
Él, triste de cebolla.
Tú, satisfecho.
No te derrumbes.
No sepas lo que pasa
ni lo que ocurre.

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