El miedo. 1939

Durante el largo viaje no sabían muy bien a dónde, Secundino y Remedios sintieron varias
veces la punzada del miedo en el cuerpo. Lo sintieron cuando atravesaron media España para
acercarse hasta la frontera birlando en lo posible los controles omnipresentes o mintiendo a
las autoridades cuando era inevitable eludirlas. Dejar al descubierto su afiliación política podía
significar la prisión o, quien sabe, la muerte.

El miedo apareció de nuevo a la hora de contactar al guía que los llevaría al otro lado por los
caminos verdes. Miedo a la delación. Miedo a encontrarse con una patrulla de frontera.

Después del alivio de saberse a salvo en Francia, de nuevo el miedo… a la falta de recursos
para seguir, al largo viaje en barco a un continente desconocido, a la pobreza, a un futuro
incierto por delante.

Pero sin los momentos puntuales de valor, a veces él, a veces ella, no hubieran echado hacia
adelante, se hubieran acomodado como pudieran en la obediencia al poderoso.

Más o menos así fue para todos aquellos exiliados con los que coincidieron, porque el valor y
el miedo coexisten en lo humano.

Y valientes y cobardes a un mismo tiempo fueron también, unos más de lo uno, otros más de
lo otro, los que se quedaron.

La valentía. 2018

Ángela, la única nieta de Secundino y Remedios, no termina de entender cómo España ha
terminado entrando en la actual deriva antidemocrática y se indigna cuando escucha o lee que
si su padre elige el camino del exilio, en vez de enfrentarse a la posibilidad casi segura de
prisión, es por cobardía.

Políticamente hablando, muchas cosas la separan de él. Sobre todo desde que él cree en la
posibilidad de una República catalana, independiente de España, y se ha puesto a trabajar con
ahínco por ello. Ella, en cambio, cree en una República española donde los distintos pueblos
encuentren acomodo por voluntad propia y se sientan hermanados, aunque bien es cierto que
esta posibilidad la ve muy lejana.

Pero algo los une profundamente, y ese algo tiene que ver con la valentía. Pero no con la
valentía personal, de la que no andan ni sobrados ni escasos, sino que andan como casi todos,
a veces mejor o peor. Tiene que ver con la valentía política. Con la valentía política necesaria
para exponer el proyecto político propio a la posibilidad del fracaso, esto es, a dejar en manos
de la decisión popular su viabilidad. “Llámalo referéndum” piensa Ángela.

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