Viñeta Eneko – @EnekoHumor

Artículo Joanes Lana

Al portero le gustaba volar. Le gustaba volar y aterrizar. Le gustaba aterrizar con la pelota en las manos.

Por eso le gustaba que le disparasen de lejos. Saltar al encuentro del balón. Sentirse flotando en el aire durante una eternidad acuciado por la duda de si llegaba o no a interrumpir la trayectoria del disparo. Sentir que allá arriba, cuando ya estaba a punto de entrar por el ángulo de la portería, la pelota se encajaba entre sus dos manos. Sentir el tiempo detenido, la trayectoria de balón y la de él mismo detenidas, hora de aterrizar. Aferrarse fuerte al balón con las dos manos para posarlo en el suelo y después caer sobre él, envolviéndolo, protegiéndolo. Sentir el placer de volver a la tierra. Sentir la tierra.

Al jugador de campo lo que le gustaba era atravesar cuerpos sólidos. Por eso se metía en el camino hacia la portería donde más jugadores del equipo contrario hubiese. Su referente eran las películas de Bruce Lee donde uno podía contra 10. Contra 20. Contra 30.

El placer para él era dejar atrás a los defensas, uno por uno, preguntándose por dónde habían pasado pelota y jugador. Mostrar el balón, esconderlo y sacarlo por el lado contrario, como hacen los trileros con la pelotita y los cubiletes. Irse hasta la línea del fondo para luego volver al medio campo antes de enfilar definitivamente hacia la portería, siempre seguido por una jauría hambrienta de pelota.

Estos dos chicos, amigos en equipos contrarios, sabían cuál era la jugada perfecta: Dribles imposibles, paredes precisas, chute descomunal y… paradón del portero. Porque para ellos el gol no era el momento de máxima emoción en un partido. El gol despertaba algunas emociones básicas, primarias, que importaban, sí, pero la jugada perfecta era otra cosa.

Del gol surgía una certeza: Ganamos. Perdimos.

De la jugada perfecta nacía una interrogante ¿Cómo lo hizo?

Vídeos

 

 

Tuits