- ¿Por qué hay tanta gente haciendo cosas en redes? ¡Qué cansancio! (Viñeta de Nani)

– ¿Por qué hay tanta gente haciendo cosas en redes? ¡Qué cansancio! (Viñeta de Nani)

 

Viñeta Nani – @naniopina

Artículo Nani Art. – @naniopina

 

“Va mi homenaje al personal sanitario. Vivir la crisis del coronavirus día a día no se paga ni con un millón de Euros.”

Cuarentena: cuarenta días para pensar, hacer cosas que jamás hiciste, para explorar en tu cabeza, hacerte daño pensando, y por eso nos llenamos de actividades; para hacer útil el tiempo que ya está siendo útil, reparando el daño causado en la sobreutilización del tiempo anterior.

Churros, me sabe la boca a churros, todo está en Google dijo una vocecita, instalada en mi cabeza, desde los tiempos en que me pedían hacer magia en el trabajo; el tiempo en el que tenía que demostrar que lo sabía todo. Churros españoles y fáciles de hacer, rezaba el encabezado: harina, sal, agua y aceite, ¿qué puede salir mal?

En casa no había harina, cuando por fin logramos comprarla, lo celebramos como si fuera Navidad; manos a la obra, vamos a poner a calentar el aceite mientras amasamos una muy pegajosa sustancia mitad harina y mitad agua.

-¡No, no se deja manipular, dale con más fuerza, ponle más harina!

Mientras tanto en el recipiente del aceite se cuece el accidente, sigue burbujeando y esperando tranquilamente al siguiente paso.

Por fin “Alien” se suelta de nuestras manos y es una bola de masa a la que debimos seguir dando golpes por un buen rato y luego dejarla descansar por algunos minutos, la web que consulté no hablaba de las propiedades pirotécnicas de las masas que contienen aire.

Primer churro que se lanza a la piscina de aceite, todo parece ir bien, se dora; ¡pon otro que este ya casi está!, va el segundo, ¡se infla! y ¡explota!

Salta aceite hirviendo directo a mi cuello y ojos, corro al agua, el ojo bajo el grifo parece calmarse.

-¡No, no, no, por favor! creo que tengo aceite en el ojo.

Subo corriendo la escalera, otra temeridad; buscando las gotas para los ojos, aplico varias gotas el dolor es insoportable, son las seis de la tarde, voy a esperar un poco antes de quejarme.

Me repito una y otra vez, esto no es nada, esto no es nada, ya verás que se pasa. Llegan las ocho de la tarde (porque aquí todavía es de día a esa hora) y aunque duele, el ojo parece estar mejor, no digo nada, no quiero ir al hospital, a ese hospital, uno de los que más casos de coronavirus alberga, donde hace unos pocos días el Ejército tubo que apostarse en la puerta para controlar el acceso de enfermos de la pandemia, el mismo que tiene a más de docientos trabajadores de baja. No, no voy a ir, esto no es nada.

Doce de la noche, el ojo no para de llorar y el lagrimeo, hace que el dolor sea insoportable, despierto a mi esposo, y él a mi hijo.

-¡Tu mamá está mal, tiene el ojo tenaz!

Reunión familia sobre la cama, ¿qué hacemos?

-¡Mierda no puede ser verdad! -Exclamo intentando no llorar, porque entonces me duele más y lloro más, pero es que tengo mucha rabia e impotencia- ¿Quién me manda a hacer churros? ¿Soy idiota o qué?

Se produce la temida llamada a emergencias, narrar lo idiota que soy es todavía más doloroso, pero me consuela, la voz al otro lado del teléfono al decir que me mandan un doctor a casa; nos ponemos en marcha, un cubo con agua y lejía (hipo clorito), mascarillas, guantes; esperamos atentos a que llamen a la puerta, entra una “astronauta” y el miedo en nuestra caras es evidente, todos estamos guardando la distancia de seguridad pero yo me tengo que acercar, tiene que verme el ojo.

-¿Por qué has esperado tanto para llamar a urgencias?

-Es que no me dolía- Mentí, y ahora también veo borroso, estoy temblando ella está tocando mi cara con su guante que viene del hospital y de tocar a otros.

-Tienes que ir al hospital, te voy a hacer el parte de emergencia para que puedan circular por la calle sin problema, una vez allí no toques nada, mantente atenta y a distancia, no hables más de lo necesario.

Una lágrima recorre mi mejilla, espero que sirva para desinfectar un poco el encuentro del tercer tipo que acabo de tener, porque ahora tengo que prepararme para uno todavía más intenso.

Sale la médico por la puerta y mi hijo recorre todo el suelo con el trapero (fregona) y agua jabonosa, yo subo a lavarme la cara, a buscar guantes y a quitarme el pijama; mi esposo hace lo mismo, no hablamos, estamos muy asustados, nadie quiere pasar por esto, pero allá vamos.

No hay un alma en la calle, el hospital luce diferente, en la puerta hay gente con monos blancos de pies a cabeza, dobles cascarillas y gafas plásticas para los ojos sobres esas gafas una máscara de acetato que cubre toda la cara, algunos tienen un gorro y botas sobre el calzado, yo me siento desnuda con mi mascarilla desechable y mis gafas del día a día.

En la ventanilla me piden los documentos, primer contacto, los documentos son de plástico- Nota mental: debo limpiarlos al llegar a casa-, hay jabón sobre el mostrador, mientras espero humedezco los guantes y así recibo mis documentos con las manos llenas de desinfectante. Debemos esperar un poco más, las paredes están llenas de carteles con frases de agradecimiento y aliento, la sala grande de espera está precintada y a oscuras. Viene un médico a la entrada, me mira el ojo y le dice a una guardia:

-Sí, sube a especialista, pero sube sola, su acompañante debe quedarse en la sala pequeña estéril.

Nos miramos, no sabemos si me van a hospitalizar.

-Yo llevo teléfono, te voy contando-, hay mucho silencio, nos miramos de nuevo, él contesta.

-Vale, estoy pendiente.

Se abre la puerta con una tarjeta especial y mi guía me dice:

– Mantente un metro y medio detrás mío, no hables ni toques nada. El hospital a está media luz, un olor verde manzana lo invade todo, tengo que pasar por la puerta de la UCI, y aunque está cerrada se oye un bip, bip desordenado y constante, miro al suelo y hay manchas de sangre que voy saltando, de vez en cuando gente corriendo, puertas automáticas que se abren y dejan ver muchas camas llenas de gente, agacho la cabeza, vamos rápido, voy llorando de miedo, subimos varias plantas.

Llegamos a oftalmología, sale una médica, le habla directamente a mi acompañante.

-¿Por qué no tienes Epi? – Es la ropa desechable que debe llevar sobre la de tela- Hay dos de tu zona en la UCI, ¿lo sabes no?

Me flaquean las rodillas, le dan allí un Epi y se lo pone delante mío mientras la doctora mira mi parte, se acerca, mira mi ojo y me dice debe ir arriba, te puedes sentar mientras hacemos la remisión; NO, no me siento, leo los letreros de las paredes: “si usted presenta síntomas como fiebre, tos seca, por más de diez días después de visitar esta consulta, llame a urgencias”

Temo que me hospitalicen, me van a llevar a otro sitio donde van a tocar mi ojo con aparatos especializados, ¿estarán bien desinfectados? los ojos son otro de los puntos de entrada del virus, me rasca la nariz, no debo tocarme, intento rascarme con el codo, imposible, se mueve la mascarilla.

Me llevan a otra planta, son corredores enormes, a media luz caminamos mucho, cada metro extra que tengo que andar es una ampliación de posibilidad de contagio, pero no puedo hacer nada, tengo que ir; llegamos a donde están los aparatos, dos médicos muy jóvenes me esperan, no hablamos leen los informes que ya han pasado por las manos de la menos cuatro personas diferentes.

-No te acerques, siéntate allí y con tus manos acerca esto a tus ojos.

Es el aparato con el que hacen las pruebas de visión, van a evaluar el ojo quemado, he perdido casi el cincuenta por ciento y eso que estoy con mis gafas de aumento.

-Ahora, pasa por aquí, te voy a poner una gota, no respires, va a doler; luego pones aquí la barbilla y apoyas la frente.

Ya me han tocado tres aparatos y ahora van a acercar otro, tanto que me han anestesiado el ojo. Con su jerga médica que entiendo a medias, detecta una lesión, y también va nombrando otros daños que no se han producido y que su colega va a puntando. Me hace mover el ojo de un lado al otro, arriba, abajo y mi corazón va a mil.

-Tienes una quemadura en la pupila, pero es superficial, ha hecho costra y por eso ves borroso, tardaste mucho en venir y ahora tendremos que removerla, hace poco te operaron ese ojo, la cirugía está intacta, la recuperación va a ser dolorosa pero no requieres hospitalización, debes cuidarte mucho para que no tengas que regresar.

En ese momento respiré. Me dieron gotas para remover la cicatriz de la quemadura, instrucciones varias que también apuntaron en el papel y que no escuché porque quería salir corriendo, me dieron palabras de aliento y que se alegraban de que no tuviera que quedarme.

Los hubiera abrazado, pero mis lágrimas eran elocuentes, llamaron a mi acompañante, dijeron ” NO SE QUEDA” sonó como música en mis oídos levante una mano, me despedí sin decir nada y emprendimos el camino de salida. Sentí pena por mi acompañante ( vigilante, enfermera, no lo sé).

-Bueno, hija, ya te vas, ¡qué suerte!, cuídate mucho y así no tendré que volver regresar, reza por los que nos quedamos.

Ella se quedó viendo que yo tomara el camino adecuando y diciendo adiós con la mano vi como la puerta se cerraba con ella dentro.

Mi marido me vio, pude intuir que debajo de la mascarilla sonreía, no hablamos, se fue a buscar el auto, yo lo esperé en el punto de encuentro, subí y con el alcohol que llevamos empecé a rociar todo lo que pude. Empecé por los guantes, los papeles, y luego mi teléfono; tuvimos que bajar la ventanilla porque nos intoxicábamos, como me enseñaron, me quite la mascarilla y luego los guantes, puse alcohol en las manijas del coche, entramos a casa, dejamos los zapatos en la puerta, nos fuimos quitando la ropa y la metimos en la lavadora con lo mínimo subimos y nos duchamos por separado a las cuatro de la mañana y no pudimos dormir.

Dos días después, mi ojo está mucho mejor; sigue doliendo, ya no está tan rojo, he recuperado algo de visión, pero como rezaba el letrero debo esperar al menos diez días por si se presentan síntomas de Covid.

Va mi homenaje al personal sanitario, vivir esto día a día no se paga ni con un millón de Euros, mi agradecimiento al Hospital Principe de Asturias de Alcalá de Henares- España, y a todo el personal que está allí luchando en esta guerra. Los quiero y los admiro, pero espero de corazón no tener que volver a verlos.

Y a todo aquel que lea este artículo, que se queden quietos en casa, que se aburran mucho en esta cuarentena, que no expongan a sus seres queridos ni en accidentes caseros ni al contagio en un hospital.

Yo llevo dos días en cuarentena, vuelta a empezar.

 

**Sobre derechos de reproducción de las imágenes y el texto del artículo.