Viñeta de Manuel S. de Frutos – @MSdeFrutos

Artículo de Beli – @Belentejuelas

 

Los padres somos responsables de nuestros hijos y de la educación que les trasmitimos y será muy probable, que se comporten tal y como han visto hacerlo a sus padres.

Mantener los estereotipos machistas y de género es una forma sutil y que pasa casi inadvertida, utilizada para sostener la sociedad patriarcal.

Los niños y niñas que crecen y se educan en familias donde se hace un esfuerzo para no cargar al menor con los estereotipos de género que en teoría le corresponden, serán mucho más abiertos de mente y verán siempre al otro como un igual.

Los niños y niñas que son objeto de burlas o de ruptura de relaciones con sus iguales porque su forma de ser no se ajusta a los cánones que los demás van asimilando, ven como sus relaciones se deterioran o se destruyen.

Todos sabemos que una de las mejores formas de cambiar el mundo es la educación aunque sea un poco más lenta que otras más drásticas, que pueden tener efectos inmediatos pero que no suelen perdurar en el tiempo. Por otro lado, los cambios profundos que produce la educación pueden ser mucho más duraderos. Pero lo más importante es educar bien.

La educación de nuestros niños tiene dos vertientes. La que se ofrece en la escuela y la que se recibe en casa. La educación en la escuela está normalizada por leyes (que por desgracia no siempre están consensuadas y suelen cambiar demasiado a menudo) gubernamentales y eso las tiñe del color político del gobierno de turno. Se modifican con demasiada frecuencia y puede que cuando se terminen de implantar, llegue la siguiente, produciendo un caos en la adecuación de sistemas educativos.

Además cuenta con otro aspecto a tener en cuenta. No todos nuestros escolares asisten a la escuela pública sino que acuden a colegios concertados o privados donde existen “metodologías “que pueden diferenciarse de la escuela pública. Las órdenes religiosas, mayoritariamente dedicadas a la enseñanza, invaden a los niños con sus propios criterios (segregación por sexos, discriminación a alumnos con necesidades educativas especiales, ratios amplios, etc) y sus propias formas de entender la vida y la educación. La escuela privada realiza la segregación por economía y poder, manteniendo los estratos sociales y su poquísima interacción entre ellos.

Pero como decía una parte de la educación recae en la familia. Las niñas y los niños son esponjas que absorben todo lo que pasa a su alrededor y muchas veces aprenden en su ambiente, lecciones que le son más perjudiciales que otra cosa.

¿Puede un niño de 10 años ser machista? No, al menos como entendemos el machismo y su concepto de sociedad con respecto a las mujeres. Pero sí puede tener comportamientos estereotipados. Los bebés por ejemplo no entienden de sexos. Para ellos no hay diferencias entre una niña o un niño. Sus ojos no están manipulados por el comportamiento de los adultos. Pero a medida que los niños van creciendo, casi sin darnos cuenta, la sociedad, sus padres y familiares e incluso la escuela, conducen a los niños a posicionarse en un lado o en otro. A ser chicos o ser chicas. Juguetes, ropa, complementos, juegos etc, se van adaptando a los estereotipos que todos tenemos asumidos y que la sociedad acepta para un sexo o para el otro.

Es decir, a medida que los niños crecen la sociedad en general los inserta en una identidad de género preestablecida que por desgracia, mantiene rasgos diferenciadores entre ellos.

Los niños y niñas que crecen y se educan en familias donde se hace un esfuerzo para no cargar al menor con los estereotipos de género que en teoría le corresponden, serán mucho más abiertos de mente y verán siempre al otro como un igual. Incluso a las personas de sexo contrario. ¿Pero qué ocurre con los que se crían en familias más estrictas o más represivas? Pues que aprenderán a comportarse tal y como la sociedad espera de ellos. Ellos mismos, recrearan en su grupo de iguales aquellos comportamientos adquiridos y que les han sido inculcados por su medio, incluso sin que se den cuenta ni ellos ni sus padres.

Los niños aprenderán a ser fuertes, no llorar, vestirse con colores oscuros y discretos y a practicar determinados deportes o elegir ciertas asignaturas más de chicos como las ciencias. Las niñas se vestirán con colores más suaves, llevarán el pelo largo, les gustarán las películas de amor, el baile y serán encaminadas a tareas y profesiones más “femeninas”.

Pero además, replicarán comentarios sexistas, medirán a los demás por su aspecto físico y solo buscarán amigos entre los que sienten y realizan las mismas cosas que ellos. Si a eso le sumamos que pueden vivir en familias donde el machismo y la violencia son la tónica general, llegado el caso, será muy probable, que se comporten tal y como han visto hacerlo a sus padres.

Cuando un padre llega a casa, se sienta en el sofá con una cerveza a ver la televisión, sin preocuparse por la vida doméstica y critica a todas las mujeres que salen en la pantalla por su aspecto, su profesión, su forma de hablar o sus pensamientos, aunque su hijo parezca que no escucha, lo está interiorizando todo. Eso, día sí y día también, se quedará impregnado en la mente del chaval y llegado a un punto, el criterio que tendrá con respecto a las mujeres será el que ha aprendido del comportamiento paterno.

Si las niñas crecen viendo a sus madres cargar con la parte más importante de los cuidados de la casa y la familia, corriendo para llegar a todos sitios, siendo la única que sabe que ocurre en casa, y llegado el punto, apoyándose en ellas para recibir ayuda, crecerán pensando que esa es la forma en la que tienen que ser cuando sean mayores. Asumirán que las tareas domésticas son cosa suya y que tanto padres, hermanos, novios y maridos, solo “ayudarán” en casa cuando tengan tiempo. Pero ellas tendrán que sacarle de donde no lo haya, porque cuidar de los demás es una de sus funciones.

Y así con todos los aspectos de su vida. Un padre, cuya hija quiera estudiar una ingeniería o física y se la convence para que se haga enfermera o maestra, frustrará la expresión de la persona que su hija es. Una madre que no permite que su hijo estudie labores porque es cosa de niñas, estará coartando la creatividad y el desarrollo de su propia personalidad.

Cuando un padre es violento en sus actos o en sus palabras con su mujer, enseña a su hijo a que las mujeres deben ser tratadas de esa forma. Eso, contribuye al mantenimiento de los comportamientos violentos en la infancia y llegada la adolescencia, cuando se comienzan las relaciones entre sexos, el chico tratará a sus compañeras de la misma forma.

Niños que se ríen de una compañera porque su aspecto físico no es el esperado o que impiden que se sientan integradas en el grupo menospreciando su trabajo, solo están replicando conversaciones y actitudes oídas en personas de su propio entorno. Hasta la edad en la que los medios de comunicación, los demás compañeros o el medio más amplio les comienza a afectar, sus palabras son calcos de las oídas anteriormente de las personas más importantes para su vida: sus padres.

Todos hemos escuchado a un chaval de nueve o diez años, referirse a un compañero menos violento o simplemente más tranquilo como el mariquita de la clase. E imitarle haciendo exagerados gestos afeminados. ¿Puede un niño de esa edad saber que es la homosexualidad y respetarla? No, no puede. Pero sin embargo, si sabe ridiculizar a aquel que no tiene un comportamiento parecido al suyo.

Y el mismo caso podríamos exponerlo con las niñas. Todas hemos escuchado a un grupo de niñas de esa edad referirse a otra como el marimacho. ¿Por qué? Pues porque su comportamiento y su actitud es la suya. La que ella elige. Quizá no le gusten las pelis de amor o lo que más le divierte sea el fútbol. No deja de ser una niña, pero no es la niña que todos esperan que sea.

Pero claro, los niños y niñas que son objeto de burlas o de ruptura de relaciones con sus iguales porque su forma de ser no se ajusta a los cánones que los demás van asimilando, ven como sus relaciones se deterioran o se destruyen. Soledad, baja autoestima, sensación de incomprensión, tristeza, ansiedad…todo eso acaba minando la personalidad del niño e impidiendo que tenga un desarrollo normal. Algunos modificaran sus conducta para adecuarla al grupo de iguales e integrarse plenamente y otros serán los “raritos” durante gran parte de su vida. Puede incluso que algunos de sus problemas de la adolescencia se arrastren para siempre.

Los padres somos responsables de nuestros hijos y de la educación que les trasmitimos. Si lo que nos interesa es que sean una repetición de nosotros mismos y sentirnos orgullosos al decirle a los demás que son igualitos porque nos replican, podremos impedir que nuestros vástagos sean libres de ser las personas que quieran ser. Tendremos hijos manipulados que llevarán a la práctica lo peor de nosotros mismos y aunque podamos enorgullecernos, solo estaremos fomentando que nuestros errores de comportamiento y socialización se mantengan en la siguiente generación.

Mantener los estereotipos machistas y de género es una forma sutil y que pasa casi inadvertida, utilizada para sostener la sociedad patriarcal. Porque desterrar ciertas enseñanzas de las mentes adolescentes e infantiles es un trabajo que a veces no se produce hasta la edad adulta, cuando la propia persona realiza una profunda reflexión sobre su comportamiento. Por desgracia esa situación no se lleva a cabo por la mayoría de la población. Sobre todo la masculina, que se sabe con privilegios que no está dispuesto a perder.

Educar en libertad y en igualdad no solo contribuirá a que la sociedad mejore sino que también logrará que nuestros hijos sean mejores personas en todos los ámbitos de su vida. De eso, sí que deberíamos sentirnos orgullosos.

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El Espejo

En 1935 Leonor llega a un pequeño pueblo de Segovia para ser maestra. Lleva consigo sus libros, su ilusión y su ideología. Los acontecimientos se desbordarán irremediablemente para ella y para los demás vecinos del pueblo. Conocerá a las personas que sin quererlo ella serán decisivas para el resto de su vida. El amor, la política, el rencor, la envidia y el horror de una guerra, tomarán las riendas de la vida de todos los habitantes de Hornillos de la Sierra. Incluidas las de las generaciones futuras.

Las maestras republicanas intentaron llevar la luz de la cultura y la educación a todos los rincones más escondidos de nuestro país. Esta novela está escrita por su memoria, que no podemos olvidar; por su esfuerzo, que jamás será recompensado y por su ilusión, que es el motor de la docencia.

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