Viñeta de Lex – @LLexadas 

Artículo de Beli – @Belentejuelas

 

Tras el caso de Plácido Domingo nos preguntamos ¿Cuántas mujeres en la larga historia de esta nuestra humanidad, han perdido sus empleos, sus carreras y ambiciones profesionales por no ceder a la presión sexual de un superior?

El poder puede ser muy dañino si uno no es un caballero de verdad.

El verdadero caballero no es el que coge a la mujer y la obliga a satisfacerle en cualquier ámbito. Lo es, el que denuncia públicamente cuando conoce a algún semejante que lo hace y apoya a la mujer incondicionalmente.

Según el diccionario de la RAE, en su segunda acepción, caballero es el hombre adulto que se comporta con cortesía, distinción y nobleza. Es decir, un hombre cuyas cualidades en el trato personal le distinguen del resto. Su educación, porte y actitudes hacen que prevalezca sobre el resto de sus congéneres.

Durante toda la vida hemos visto al tenor español Plácido Domingo como un caballero. Un hombre culto, dedicado a una profesión tan elevada como la ópera, con una voz prodigiosa y que ha sido premiado con los más altos galardones, desempeñando en su larga trayectoria, puestos de relevancia.

Sin embargo, este verano, hemos descubierto la cara oculta de ese caballero. En un primer momento, nueve mujeres de su entorno, declaraban que el comportamiento del tenor con las féminas, dejaba mucho que desear en cuanto a caballerosidad se refiere. Hace pocos días otras once mujeres más se han añadido a la lista de denunciantes de actos indecorosos y abuso continuado del cantante. Los operarios de los palacios de las óperas, han declarado que la forma de ser del poderoso cantante era bien conocida y que trataron de proteger a las jóvenes sopranos de las largas manos del tenor. Los directores y demás miembros del mundillo conocían la particular forma que el español usaba para relacionarse con las mujeres. Cuando te aconsejan que no estés a solas con él ni tan siquiera en un ascensor es porque todo el mundo conoce el grado de peligro que un acto tan simple puede acarrear.

Tocamientos por debajo de la falda, besos robados a la fuerza, caricias en los pechos no demandadas, amenazas veladas sobre su futuro profesional si no cedían a sus imposiciones sexuales, llamadas telefónicas a horas intempestivas solicitando los favores sexuales, forman parte de la larga lista de acosos que sufrían las jóvenes cantantes en las que Domingo ponía el ojo. Alguna de ellas ha declarado haber aceptado la presión ejercida ante el miedo de perder su carrera por la influencia de uno de los hombres más poderosos del mundo de la música.

El secreto a voces de Plácido Domingo es algo tan común en los hombres poderosos que hemos sido testigos de varios ejemplos. Productores de cine han salido de su mundillo al ser acusados de haber utilizado el acoso sexual y el abuso en las mujeres que querían empezar una carrera en el cine. Directores que exponen a sus actrices a escenas donde son violentadas a propósito solo para satisfacer un escondido y oscuro deseo de poder. Esto señoras y señores es machismo. Esta forma de actuar dio paso al movimiento #MeToo en EEUU, donde mujeres de todos los estratos y profesiones denuncian públicamente el trato vejatorio al que han sido sometidas.

El hombre que por su trayectoria profesional llega a tener un alto grado de poder lo ejerce de distintas maneras. Pero intentar aprovechar su posición para conseguir los favores sexuales de las mujeres es toda una tradición. Eso sí, en palabras del propio Plácido Domingo, los estándares de comportamiento que se utilizan hoy no son los mismos que hace 20 o 30 años. No señor Domingo, son igual de rastreros y de denigrantes para las mujeres, solo cambia que el miedo al rechazo, al ser tachadas de embusteras o de arribistas, era antes mucho mayor. Cuando una persona se juega su carrera profesional y cae en manos de un tipo como usted, o cedía a sus impulsos sexuales dominantes o podía ver truncada su vida profesional para siempre. El poder puede ser muy dañino si uno no es un caballero de verdad.

Plácido Domingo también ha sido defendido por otros “caballeros”. El último ejemplo lo hemos tenido en el actor y director Albert Boadella. Sus declaraciones poniendo en duda la palabra de las mujeres son de este calibre: “Las manos de un macho no están para estarse quietas”. Todo en esa frase rezuma machismo por los cuatro costados. El solo hecho de identificar al tenor con “el macho”, incluye el poder y la dominación en la frase. El macho, está puesto en el mundo para tomar aquello que le place porque para eso es el ser dominante. Las féminas, no son nada en manos de un hombre viril y rudo, solo juguetes para usar y utilizar cuando a él se le antojen. Sus actitudes prepotentes y abusadoras se deben admitir como una función más de su masculinidad sin parangón. El somete y ella es sometida. Qué te gusta bien, que no, pues te jorobas. No haberte acercado al macho, aunque fuera solo profesionalmente.

¿Cuántas mujeres en la larga historia de esta nuestra humanidad, han perdido sus empleos, sus carreras y ambiciones profesionales por no ceder a la presión sexual de un superior? ¿Cuántas que por miedo a ser tachadas de mentirosas o exageradas, han cedido y se han convertido en las “zorras” de su entorno? ¿Cuántos hombres, conocedores de los abusos y los tocamientos, de las rastreras formas de comportarse de un jefe, incluso sintiéndose mal y humillados por ello, han sido cómplices con su silencio? Incontables. En todas las profesiones, carreras, estamentos y empresas, se dan casos todos los días. Mujeres que denuncian a un superior por abuso sexual y son expuestas públicamente al escarnio mediático solo por la defensa del macho. Y la sociedad sigue impasible ante estas actitudes que continúan dejando a las mujeres en una situación vulnerable, donde cualquiera de las opciones que se le presentan son dañinas para ellas.

Cuando se nos tacha de exageradas al denunciar casos como el de Plácido Domingo, se está minusvalorando la palabra de una mujer. Porque la sociedad patriarcal y machista da por hecho que nosotras estamos esperando que un hombre se fije en nosotras. Que nos muestre su atención y deseo descontrolado porque eso nos colma de felicidad. Básicamente porque se sigue admitiendo que la función principal de las mujeres es la satisfacción de los hombres. Nuestros deseos y aspiraciones son subyugadas a diario por sus necesidades como dueños absolutos de la sociedad y sus costumbres.

Los comportamientos de los hombres con respecto a las mujeres son en la gran mayoría de las ocasiones, completamente normales. Pero cuando se alcanza cierto poder, o mucho poder, algunos de ellos, se emborrachan de ese poder, se le sube a la cabeza y se empiezan a sentir casi dioses, capaces de tomar todo aquello que está a su alcance, sin preguntar si pueden o no. Y eso en muchas ocasiones incluye los cuerpos de las mujeres. La resistencia es incluso más alentadora para ese sujeto que ve en el rechazo de la fémina un arma más de seducción. No hay trofeo más valorado que el que te cuesta conseguir. Una muesca más en el revólver de la pasión desmedida.

Para ellos, una mujer es ante todo un cuerpo. Las mujeres tienen cerebro y lo saben usar, sí, pero tienen dos pechos para tocar, un culo que apretar y unos labios que sabrosos invitan al beso. El vestido y el maquillaje son tomados como parte del envoltorio que utiliza una mujer como acto de provocación en el deseo masculino. Siempre encontraremos a alguno que justifique el acoso de un hombre sobre una mujer, apoyándose en la “provocación” de una minifalda, de un escote o el rojo de unos labios pintados.

El abuso sexual en el trabajo es el primer peldaño de la violación. Todos sabemos que las violaciones no son cuestiones sexuales. Es la acción física del poder. Cuando un hombre, sentado en un despacho llama a su secretaria y mientras le dicta una carta, mira descaradamente su escote, toca casi con un roce su culo o la arrincona contra una pared para tomar por la fuerza lo que le apetece, está violando a esa mujer. Está abusando de ella ejerciendo el poder que le da su cargo.

Algunos hombres, tienen una extraña percepción sobre las mujeres. Piensan que nos gusta el galanteo, la insinuación, sentir que somos admiradas sexualmente y que nos excita pensar que alguien nos desea. Falso. Claro que nos gusta el sexo y todas sus expresiones, pero no hay nada más desagradable que ser el objeto de una mirada lasciva, de un tocamiento no solicitado o de un piropo de un ser que te es indiferente. También creen, estúpidamente, que el hecho de ser deseadas por alguien, inmediatamente nos hace desear a esa persona. Nada más lejos de la realidad. Es más, sentir que eres el objetivo de un hombre que no te gusta, es desagradable y altamente rechazado. Hay múltiples formas de llegar al corazón de una mujer, pero el abuso no es, sin lugar a dudas, una de ellas.

El verdadero caballero no es el que coge a la mujer y la obliga a satisfacerle en cualquier ámbito. Lo es, el que denuncia públicamente cuando conoce a algún semejante que lo hace y apoya a la mujer incondicionalmente. El que no cede a la presión social. El que no la tacha de mentirosa o interesada. Ese es el paso que todos los hombres deben dar. Denunciar los comportamientos machistas, denigrantes y abusadores de todos los que les rodean.

Viñeta

"No la toques otra vez, Sam" (Viñeta de Lex)

“No la toques otra vez, Sam” (Viñeta de Lex)

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