Viñeta de Lex – @LLexadas

Artículo de Caracola – @carolacaracola5

 

¿Debemos salir “de esta” y volver a donde estábamos o quedarnos en lo que debemos aprender “de esta”?

Los balcones han adquirido estos días un protagonismo que nunca habían tenido. Me asomo a mi balcón y veo cerrada, oscura y silenciosa la cafetería 24 horas que he visto abierta y bulliciosa durante los 25 años que llevo en esta casa.

Desde mi balcón veo una pieza significativa de este puzzle que completa el mundo. Todo es muy diferente. Un día nos acostamos en una vida y al día siguiente nos levantamos en otra muy distinta en la que se nos hace muy difícil asumir que un abrazo es un arma de destrucción masiva, en la que la manera de demostrar el amor a tus abuelos o padres es no ir a visitarlos. El futuro ya está aquí.

El obligado confinamiento primero nos paralizó. Luego nos retuvo. Ahora nos da la ocasión de reflexionar y con ello hacer que haya un filósofo, una filósofa en cada casa, en cada balcón que observa y analiza los cambios y las causas, que reflexiona sobre el ser humano y la sociedad, en el antes y en el después.

Ahora valoramos más que nunca la sanidad pública como nuestro salvavidas, como ese “lugar común” que nos hace a todos iguales: ricos y pobres, población urbana, rural o “vaciada”, nos hace iguales y sobre todo con las mismas posibilidades de sobrevivir; y a todo el personal sanitario como a “dioses” que tienen en sus manos algo tan valioso como la vida de “los nuestros” o la nuestra propia.

Son “dioses” o son “ratas contagiosas” para quien su concepto de la solidaridad la reduce al grupo identitario de los “no contaminados” frente al “contaminados o potencialmente contaminados” y es incapaz de ver un “todos”.

Y vemos con horror como allí donde no existe la sanidad pública, la supervivencia es un concepto mercantilizado; vivir o morir es elemento de compra-venta: si no puedes pagar un diagnóstico, una estancia hospitalaria, un tratamiento… vas a morir. Pero esto no es nuevo, la única diferencia es que ahora es masivo y mundial.

Desde nuestro balcón nos vemos solos, indefensos ante un virus que no sabemos dónde está pero sabemos que está. Pero también nos sentimos parte de una sociedad formada por individuos que, como nosotros, trata de sobrellevar este momento y surge como nunca el sentimiento de la solidaridad. O no.

Descubrimos que podemos ofrecer ayuda a nuestros vecinos y que la ayuda también llega a nuestra puerta en forma del periódico que cada fin de semana me deja un vecino para evitarme una salida más a la “zona contaminada”. Un día que yo salía a la compra le dije a una vecina que si necesitaba algo. Para mi sorpresa y casi indignación, me dijo que sí, que le trajera un pack de cervezas. Francamente, me refería a algún producto más necesario y sobre todo, menos pesado para una compra que sabe que realizo a pie pero naturalmente se las dejé en su puerta. De esto ya hace semanas, durante las cuales supongo que mi vecina habrá ido a la compra. Nunca me ha preguntado si yo necesito algo.

Hace muchos, muchos años que perdí a mi adorada abuela, aquella mujer maravillosa de la que sé que, en tiempos de la dura posguerra, aunque no le sobraba nada, cuando conseguía un kilo de lentejas lo cocinaba entero y lo repartía entre sus vecinos más necesitados. La solidaridad no es un concepto del siglo XXI y las abuelas tampoco.

Y si me acuerdo de ella es porque, desde mi confinamiento, pienso y me conmuevo con el miedo y el sufrimiento de nuestros mayores. Toda una generación que ha sobrevivido a una posguerra, que han sacado adelante a nuestra generación, que han vuelto a reproducir “panes y peces” con sus pensiones para sostener a muchas familias en la crisis económica de 2008. No merecían este frío final.

Y es que, tal vez lo más duro de estos días es que el ritual ante la muerte ha pasado a ser un frío expediente administrativo. El distanciamiento social nos ha robado la despedida y los reconfortantes abrazos, ahora proscritos, ante del dolor de una pérdida. Es dolor sobre el dolor, haciendo más difícil sobrellevar la ausencia de quien se ha ido en una dolorosa soledad.

Desde mi balcón, desde mi confinamiento pienso en cuando salgamos “de esta” y ante esta pregunta se me abren otras dudas. Por una parte, tendemos a olvidar con facilidad, puede ─y con franqueza es lo que me parece más probable─, que una vez que hayamos superado plenamente esta situación en la que nos encontramos, volvamos a acomodarnos en el mismo mundo, en la misma vida que teníamos sin que este episodio nos deje más cicatriz que las personas que hemos perdido.

Por otra parte, puede que salgamos “de esta” ─sería lo deseable─, dejando en nuestras vidas un mayor sentimiento de solidaridad hacia los demás, con un mayor respeto a ese medio ambiente que está mejor sin nosotros, habiendo aprendido que no se puede “almacenar” a nuestros mayores en geriátricos donde se les cosifica, valorando en su justa medida servicios públicos como la sanidad pública y a los profesionales que la hacen posible…, entre otras muchas cosas.

Francamente, de ser así no sería salir “de esta”, sería, solo en lo positivo, quedarnos “en esta” y haber aprendido algo. Es algo sobre lo que deberíamos reflexionar porque la sociedad que viene va a seguir necesitando buenas dosis de solidaridad.

Viñeta

EL (RINCÓN) BALCÓN DE PENSAR. (Viñeta de Lex)

EL (RINCÓN) BALCÓN DE PENSAR. (Viñeta de Lex)

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