Viñeta de Manuel S. de Frutos – @MSdeFrutos

Artículo Manuel S. de Frutos – @MSdeFrutos

 

Es imprescindible educar en los derechos humanos y hacerlo correctamente. En España la educación en derechos humanos es actualmente casi nula.

Defender que los DDHH se cumplan para todo el mundo es la única manera de defenderlos como propios.

No podemos permitir que tanto la defensa como el ataque a los DDHH se consideren opiniones igualmente válidas, en aras de la libertad de expresión.

La constitución española de 1978 recoge en su artículo 10.2 “Las normas relativas a los derechos fundamentales y a las libertades que la Constitución reconoce se interpretarán de conformidad con la Declaración Universal de Derechos Humanos y los tratados y acuerdos internacionales sobre las mismas materias ratificados por España”.

Desde hace ya bastantes años, para hacer frente a la gran diversidad de particularidades que se dan en el aula decimos que impartimos una educación individualizada o personalizada. Con ello conseguimos adaptarnos a las necesidades particulares de los alumnos; si embargo, este hecho, junto con el individualismo que impera cada vez más en nuestra sociedad, nos está llevando a olvidar que uno de los objetivos más importantes de la educación es su carácter socializador. (Me detengo aquí un instante para destacar una obviedad necesaria por culpa de esas voces malintencionadas que les gusta jugar con las palabras para crear confusión: “socializar” en este caso es hacer sociedad, no socialismo).

Nos encontramos personas que demandan una educación a la carta, que pretenden dictar a profesores, directores e instituciones educativas lo que se les puede o no enseñar a sus hijos. Es una situación que llega a lo absurdo, precisamente la educación primaria y la ESO son obligatorias, y sus contenidos curriculares se establecen por ley para garantizar esa socialización que algunos quieren esquivar por capricho, por ideología o incluso por modas pasajeras.

En el artículo 26.3 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos se reconoce que “Los padres tendrán derecho preferente a escoger el tipo de educación que habrá de darse a sus hijos.” Pero una cosa es el tipo de educación y otra los contenidos. En el punto 2 de ese mismo artículo establece un objetivo básico para crear y mantener una sociedad democrática: “La educación tendrá por objeto el pleno desarrollo de la personalidad humana y el fortalecimiento del respeto a los derechos humanos y a las libertades fundamentales; favorecerá la comprensión, la tolerancia y la amistad entre todas las naciones y todos los grupos étnicos o religiosos, y promoverá el desarrollo de las actividades de las Naciones Unidas para el mantenimiento de la paz.”

Y es que es imprescindible educar en los derechos humanos y hacerlo correctamente. Utilizaré un ejemplo muy simple pero ilustrativo.

Todos conocemos el funcionamiento de un semáforo: parar, cuando está en rojo; el ámbar nos indica peligro o precaución; y pasar al ponerse verde. Es algo que se enseña desde la infancia y que tiene mucha importancia que todo el mundo conozca y cumpla por seguridad. En casos especiales, como puede ser una persona daltónica hay que explicarle que la posición puede ayudarles a identificar lo que deben hacer; el rojo siempre está arriba, el ámbar en el centro y el verde abajo. Para personas invidentes se añade una señal acústica. Son algunas de las maneras de adaptarse a las diferentes particularidades de cada persona, pero en ningún caso cuestionamos la utilidad de los semáforos o permitimos excepciones que incumplan la norma. No es algo que se pueda elegir. Es un consenso aceptado socialmente que nos ayuda a mantener la convivencia y nos aporta seguridad.

Los derechos humanos son la base de las relaciones humanas, de la paz social y la democracia. Son aún más importantes para la sociedad que los semáforos para la seguridad vial. El consenso en torno a ellos es mundial, así se recoge en la Declaración Universal, y toman cada vez más fuerza jurídica, siendo reconocida en numerosos tratados internacionales e integrada en las constituciones modernas. La constitución española de 1978 así lo recoge en su artículo 10.2 “Las normas relativas a los derechos fundamentales y a las libertades que la Constitución reconoce se interpretarán de conformidad con la Declaración Universal de Derechos Humanos y los tratados y acuerdos internacionales sobre las mismas materias ratificados por España”

A diferencia de nuestro ejemplo, los derechos humanos no son solo fruto del consenso, son, además, conquistas sociales de carácter histórico. La revolución francesa y las dos guerras mundiales marcaron profundamente la orientación de la Declaración Universal.

El preámbulo ya recoge la importancia de que tanto “individuos como las instituciones, inspirándose constantemente en ella, promuevan, mediante la enseñanza y la educación, el respeto a estos derechos y libertades”.

Tristemente en España la educación en derechos humanos es actualmente casi nula, desde que la asignatura de educación para la ciudadanía fue retirada apenas aparecen algunas menciones en los temarios. Con o sin asignatura, lo cierto es que casi nunca se ha centrado la enseñanza en explicar sus principos conceptuales: universalidad, interdependencia e interrrelación, indivisibilidad y progresividad.

El principio de universalidad reconoce que los DDHH son inherentes al ser humano, a todos y cada unos de los individuos sin excepción, porque son imprescindibles para el respeto de la dignidad humana. El principio de universalidad se puede considerar una garantía, sin este principio tendríamos personas excluidas por motivos arbritarios que “alguien” tendría que decidir. Como el grupo de excluidos sería diferente dependiendo de ese “alguien”, nunca podríamos estar seguros de que no estaremos en ese grupo, la única manera de tener la garantía de estar entre los que sí se les reconocen los DDHH es haciendo que todas las personas se encuentren en él. Defender que los DDHH se cumplan para todo el mundo es la única manera de defenderlos como propios.

Las propiedades de interdependencia e interrelación hacen referencia a que los DDHH son complementarios y no se pueden disfrutar unos sin los otros, porque el cumplimiento de cada derecho depende del cumplimiento del resto. No se puede disfrutar, por ejemplo, del derecho a un trabajo digno sin el derecho a la educación, no se entiende que seamos libres e iguales en dignidad y derechos, sin el derecho a un nivel de vida adecuado; o este sin el derecho a un trabajo. Para que el cumplimiento de los DDHH sea pleno, la satisfacción debe ser simultanea.

La indivisibilidad es la consecuencia directa de los dos principios anteriores. Establece que todos los derechos recogidos en la declaración universal son imprescindibles, por eso no se pueden separar o establecer jerarquías entre ellos. No hay unos derechos más importantes que otros, tanto los derechos individuales como los sociales son un todo único.

Por último la Progresividad nos recuerda que estos derechos pueden y deben ser ampliados como adaptación a los nuevos tiempos pero nunca reducidos, ya que son logros históricos reconocidos como intrínsecos a la dignidad humana.

Sobre estos principios también hay consenso internacional, y así se recogió en 1993 por unanimidad de los 171 países asistentes, en la declaración de la Conferencia mundial de los DDHH celebrada en Viena , donde también se determinó que todos los Estados tenían el deber, independientemente de sus sistemas políticos, económicos y culturales, de promover y proteger los DDHH.

Por eso, cada vez que alguien pone en duda o quiere limitar total o en parte de estos derechos se está posicionando en contra de la democracia y la dignidad humana. Por mucho que nos exijan respeto a sus ideas, no debemos confundir el respeto que debemos a la persona y a sus derechos y libertades (incluido su derecho de expresión) con aceptar esa opinión. No todas las opiniones son válidas. Igual que no es aceptable que alguien se salte los semáforos, ante una situación donde se ataquen los DDHH, no podemos permitir que se rebajen, que tanto la defensa como el ataque se consideren opiniones igualmente válidas en aras de la defensa de la libertad de expresión. No podemos permanecer equidistantes, porque estaremos favoreciendo a los enemigos de la democracia, de la igualdad y estaremos poniendo en peligro la paz social.

Viñeta

- Y nosotros, fieles a nuestras creencias, prohibiremos la Democracia, los Derechos Humanos, la ciencia y todo aquellos que demuestre que no tenemos razón. (Viñeta Manuel S. de Frutos)

– Y nosotros, fieles a nuestras creencias, prohibiremos la Democracia, los Derechos Humanos, la ciencia y todo aquellos que demuestre que no tenemos razón. (Viñeta Manuel S. de Frutos)

Declaración Universal de los Derechos Humanos

Fuente: ONU

La Declaración Universal de los Derechos Humanos es un documento que marca un hito en la historia de los derechos humanos. Elaborada por representantes de todas las regiones del mundo con diferentes antecedentes jurídicos y culturales, la Declaración fue proclamada por la Asamblea General de las Naciones Unidas en París, el 10 de diciembre de 1948 en su Resolución 217 A (III), como un ideal común para todos los pueblos y naciones. La Declaración establece, por primera vez, los derechos humanos fundamentales que deben protegerse en el mundo entero y ha sido traducida en más de 500 idiomas.

La Declaración Universal de los DDHH consta de 30 artículos.

Preámbulo

Considerando que la libertad, la justicia y la paz en el mundo tienen por base el reconocimiento de la dignidad intrínseca y de los derechos iguales e inalienables de todos los miembros de la familia humana;

Considerando que el desconocimiento y el menosprecio de los derechos humanos han originado actos de barbarie ultrajantes para la conciencia de la humanidad, y que se ha proclamado, como la aspiración más elevada del hombre, el advenimiento de un mundo en que los seres humanos, liberados del temor y de la miseria, disfruten de la libertad de palabra y de la libertad de creencias;

Considerando esencial que los derechos humanos sean protegidos por un régimen de Derecho, a fin de que el hombre no se vea compelido al supremo recurso de la rebelión contra la tiranía y la opresión;

Considerando también esencial promover el desarrollo de relaciones amistosas entre las naciones;

Considerando que los pueblos de las Naciones Unidas han reafirmado en la Carta su fe en los derechos fundamentales del hombre, en la dignidad y el valor de la persona humana y en la igualdad de derechos de hombres y mujeres, y se han declarado resueltos a promover el progreso social y a elevar el nivel de vida dentro de un concepto más amplio de la libertad;

Considerando que los Estados Miembros se han comprometido a asegurar, en cooperación con la Organización de las Naciones Unidas, el respeto universal y efectivo a los derechos y libertades fundamentales del hombre, y

Considerando que una concepción común de estos derechos y libertades es de la mayor importancia para el pleno cumplimiento de dicho compromiso;

LA ASAMBLEA GENERAL proclama la presente DECLARACIÓN UNIVERSAL DE DERECHOS HUMANOS como ideal común por el que todos los pueblos y naciones deben esforzarse, a fin de que tanto los individuos como las instituciones, inspirándose constantemente en ella, promuevan, mediante la enseñanza y la educación, el respeto a estos derechos y libertades, y aseguren, por medidas progresivas de carácter nacional e internacional, su reconocimiento y aplicación universales y efectivos, tanto entre los pueblos de los Estados Miembros como entre los de los territorios colocados bajo su jurisdicción. 

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