Viñeta Nani – @magolapeluda

Artículo de Beli – @Belentejuelas

 

Una feminista de moda no necesita pensar lo que dice, formarse o tener ideas lúcidas. Solo necesita ambición y una gran concha en la espalda donde todo lo que pueda opinar la ciudadanía, le rebote. Tampoco necesita ser coherente. Lo que dice un día bien puede ser desmentido con una frase matizadora diez días más tarde.

Todas las temporadas, el grupo Inidtex, Mango y demás cadenas de ropa, lanzan camisetas, sudaderas y complementos con comerciales frases de empoderamiento femenino. Personalidades de los distintos ámbitos de la sociedad, proclaman su feminismo a los cuatro vientos, en un afán de reivindicación trasnochada y casposa. Eso sí, con matices. Feminismo del que se expresa en palabras moderadas y a ser posible con ese tonito de majadería que incluye “ni machismo ni feminismo, igualdad”.

Las mujeres, sobre todo en la política, destacan. No hay gran partido, pequeño partido o ridículo partido que no tenga una medio lideresa (no nos pasemos, que los verdaderos líderes han de ser hombres, somos modernos pero no tanto) que proclama a los cuatro vientos, que sus ideales feministas obligan a comportamientos que rompen las cadenas de la vieja política.

Inés Arrimadas, Begoña Villacis, Andrea Levy o Isabel Díaz Ayuso ocupan hoy portadas de periódicos y revistas, espacios televisivos o cuñas de radio, expresando ese feminismo que defienden y del que no saben realmente nada.

El feminismo hoy debe ser liberal. Con mujeres agradables a la vista, con ropa cara a ser posible, bien arregladitas, con su pelo limpio y lustroso. Maquilladas con discreción pero con ese toque de feminidad que tan bien queda en la pantalla. Niveles económicos adecuados, medio alto o alto del todo, y siempre con una sonrisa Profiden, de esas que iluminan un plató de televisión al contacto de la luz con los blanquísimos dientes.

Ser feminista de las que se llevan, exige que las mujeres sean libres para decidir por sí mismas. Qué quieren prostituirse, que lo hagan. Qué quieren embarazarse para otro, son libres para hacerlo. Que no quieren abortar porque eso es un crimen de los malos malos, pues están en su derecho. Porque ser una mujer con todas las letras, te da todo el derecho del mundo a ser explotada conscientemente. Que para eso son dueñas de su vida.

Es un feminismo que defiende que haya partidos que vulneren las leyes en pro de una convivencia con una moral de altas expectativas. Que se cambien las denominaciones de la violencia contra las mujeres, porque todas las violencias son igual de dañinas, pero que hacer distinciones es de cutres. Las feministas de moda, se sientan en sus escaños o en sus plenos municipales al lado de unos señores, que miran al mundo femenino con el recelo de quién cree que las otras son como ellos. Ellas, soportan ese mal trago con el estoicismo liberal que proporciona una buena educación.

Ser feminista incluye ajustarse a las exigencias de la más rancia de las ultraderechas, con tal de que unos presupuestos (nada sociales por otro lado) salgan adelante. O firmar acuerdos por lo bajini, para que nadie se entere, con el único propósito de pillar un sueldecito público y unos buenos acuerdos con empresarios, para poder vivir del cuento cuando abandonemos la vida pública. Porque el feminismo es talante (como decía Zapatero), es amplitud de miras, es pensar en el OTRO más que en ti misma.

El suyo es un feminismo, que puede saltar por encima de la “excepcional circunstancia” de unas palabras no mal dichas si no mal interpretadas. Que un señor de los aliados; esos con los que al final se pacta; fascista, machista y racista, llamase zorras machunas a las “otras feministas” tampoco es tan grave. Al fin y al cabo, es algo que pensamos todos. Solo que nosotras somos más delicadas al expresar lo mismo que quería decir él.

Porque el verdadero feminismo, no está de moda. Nunca ha estado de moda. Lo incomodo no mola, no queda bien y no favorece. El feminismo real es feo. Está lleno de mujeres que no se arreglan, se muestran tal cual son, solo gritan y se enfadan. Algunas ni se depilan siquiera. Esas feministas no son como nuestras mujeres de moda. Ninguna es vicealcaldesa, no solo porque el puesto no existe en sí mismo, sino porque son una horda de locas, que se pasan la vida criticando a la sociedad para reclamar derechos.

Nuestras feministas son mujeres de bien. Casadas, de orden, que veneran al líder y que defienden el derecho de todas a tener una vida digna, siempre y cuando su economía se lo permita. Si no es el caso, pues habrá que trabajar más aceptando condiciones laborales indignas. Mejor un trabajo en régimen de explotación que ningún trabajo. No exigen cambios en las normas para acabar con la desigualdad. Por favor, qué poco glamour tiene eso. Es mejor pedir unas olimpiadas, dónde va a parar. Las señoras feministas, proclaman a todo el que quiera escucharla, una mujer con mayúsculas, una madre como dios manda (que bien pensado, es la mejor función vital para una mujer) se pone a trabajar en cuanto se le pasa un poco el dolor del parto. ¡¡Qué no hará un ibuprofeno a tiempo!!

Las feministas liberales no necesitan permisos de maternidad porque su exigencia vital las hace recuperarse de un parto en un santiamén. Tampoco se les pasa por la cabeza abortar bajo ningún concepto, porque para ellas el no nacido es un miembro más de la familia, desde que su futuro padre y su futura madre, pensaron en la posibilidad remota de tener un hijo de aquí a diez años.

Una feminista de moda no necesita pensar lo que dice, formarse o tener ideas lúcidas. Solo necesita ambición y una gran concha en la espalda donde todo lo que pueda opinar la ciudadanía, le rebote. Tampoco necesita ser coherente. Lo que dice un día bien puede ser desmentido con una frase matizadora diez días más tarde.

Es capaz de hablar con todo el mundo. Porque claro, un rasgo que la identifica es que son mundanas y con una gran capacidad de diálogo. Hablar se les da de perlas. Tergiversar las realidades también. No se firman acuerdos, se hacen pactos. No se intercambian cromos en el patio de las instituciones para que todo el mundo pille cargo público, sobre todo la susodicha. Se hacen concesiones a los demás para poder formar gobiernos. No se aniquila la gestión anterior, aunque fuese buena, lo que se hace es admitir públicamente que la nuestra es siempre mucho mejor.

Una buena feminista no se rebaja a hablar de cosas feas como la verdad sobre los vientres de alquiler. Lo maquilla todo con la espátula del altruismo. No se habla de prostitución en términos reales. No se tocan temas escabrosos como las violaciones grupales, la pornografía o el maltrato. Es que eso no queda bien delante de los demás. Hablamos de los atascos, de la construcción de nuevos barrios para gente bien o de que el metro es estupendo para llegar a trabajar siempre que no tengamos que usarlo.

La moda feminista va a permitir que tengamos concejalas, diputadas, alcaldesas o presidentas de diputación, gracias al machismo más profundo. Porque aunque ellas están en esos partidos autodenominados centro derecha, van a utilizar a los que no son tan de centro como ellas, solo para poner en marcha unos proyectos políticos de feminismo de moda. De ese que ni es feminismo ni es nada. Es política y además de la peor clase.

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