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Viñeta de Lex – @LLexadas

Artículo de Beli – @Belentejuelas

 

La Inquisición ha vuelto. Ahora lleva traje y corbata y se sienta en lugares donde no necesitan torturar o matar a nadie, solo presionar con no aprobar unos presupuestos económicos.

“Carlos, Jorge, Gabriela y Rubén se conocen desde pequeños. Iban a la misma guardería y al mismo colegio. Ahora, en el instituto, no están todos en la misma clase, pero siguen siendo tan amigos como antes. Se lo cuentan todo en el grupo de WhatsApp que tienen los cuatro, porque al no estar tanto tiempo juntos, no quieren que el resto se pierda nada de la vida de los demás.

Los profesores de Lengua y Literatura les han propuesto un trabajo extracurricular. Han de leer un libro y después hacer juntos, todas las clases, un debate sobre lo que han podido o no aprender de él y las dudas que les hayan surgido. Es un libro sobre la aceptación de la homosexualidad primero por uno mismo y luego por el resto de personas con las que se convive.

Quedaron todos para ir a la librería para comprar sus ejemplares y les pareció cuanto menos algo distinto para hacer complementando las horas de clase. Están ya un poco hartos de leer tantos “clásicos”. Además, el libro es finito, no más de 150 páginas y no tardarán mucho en terminarlo. Los profes les aconsejan que lo lean con un block cerca y así poder tomar notas de dudas o comentarios que luego puedan llevar al debate. Tienen tres semanas de tiempo para que la lectura no interfiera demasiado en las tareas del currículo.

Carlos, lee por las noches cuando termina sus deberes. Por el grupo, Jorge ha puesto algunas cosas que le han sorprendido del libro para comentarlas con ellos, pero él todavía no ha llegado a esa parte así que todo lo que sus amigos ponen le está ayudando bastante. Tiene que ponerse las pilas o no llegará a tiempo al debate con el libro terminado.

Gabriela está colaborando con las profesoras para organizar unas jornadas sobre violencia de género y sexual debido al aumento tan escandaloso de casos que salen en la prensa. Han preparado carteles que han colgado por el centro explicando qué es violencia de género y qué lo diferencia de la violencia intrafamiliar. Las profes se han volcado mucho y van a dar unas charlas acompañadas por una abogada especializada, una víctima y un chaval hijo de una mujer asesinada.

Carlos se ha apuntado a las charlas porque algo sabe del asunto. Su vecina de arriba era una mujer maltratada que lo pasó fatal y aunque ya no vive allí y sus padres no quieren hablar de ella nunca ni de su marido tampoco, él recuerda los gritos y golpes que se escuchaban desde su habitación.

El día de la charla, entraron los cuatro juntos al salón de actos acompañados por más compañeros cuando Celeste, la profesora de biología de los de Bachillerato, se acercó a él y le dijo que no podía entrar. Sus padres habían expresado su deseo por escrito para que no asistiera a este tipo de actos. El chico se quedó helado porque todos los demás estaban allí. Gabriela le preguntó, pero no pudo dar ninguna respuesta. Solo recogió sus cosas y se marchó a casa.

Cuando se sentó a leer, abrió el cajón donde guardaba el libro sobre la homosexualidad y no lo encontró donde lo había guardado antes. Miró por todos los cajones y estanterías, pero no pudo dar con él. Salió de la habitación y preguntó a su madre por él y ella le contestó que habían decidido que esas lecturas no eran convenientes para un chico de su edad. Ella misma había cogido el libro y después de hacerle pedazos lo había tirado a la basura. Esas cuestiones las tratarían en casa cuando llegase el momento. Ahora no lo era, solo tenía 15 años y no debía preocuparse por esos temas. Él protestó porque era un trabajo para el instituto pero su madre le aseguró que ese tema ya lo había solucionado su padre.

El día del debate sobre el libro, Carlos acompañó a su padre a recoger unos paquetes a un centro comercial que estaba en otro pueblo cercano al suyo. Lo habían decidido así para que no le entrasen tentaciones de ir al centro de forma clandestina. Durante el trayecto, su padre le habló de lo innecesario que eran esas charlas y debates porque lo único que hacían era meterle ideas equivocadas en la cabeza. Las mujeres no eran maltratadas por los maridos porque eso no existe, solo eran parejas que tenían problemas que no eran capaces de solucionar. La violencia de género era algo que cuatro lesbianas fofas y feas se habían inventado para acabar con los hombres y destruir la masculinidad. Los maricas, eran unos viciosos y no debía leer nada sobre ellos para que no le surgieran ideas equivocadas sobre las relaciones. Los hombres y las mujeres se casaban y tenían hijos. Todo lo demás eran aberraciones de enfermos que se propagaban por las redes sociales y él debía huir de ellos como del demonio. Si no, que preguntase al párroco de su iglesia y vería que opinaba él sobre maricones y bolleras.

Carlos creció escuchando a sus padres y como buen hijo fue aceptando que ellos tenían las respuestas a los problemas. Cada día estaba más lejos de sus amigos. Había dejado de salir con ellos los fines de semana porque sus padres le implicaron más con los chicos del fútbol con los que seguro tenía muchas más cosas en común.

Al año siguiente, en cuarto de la ESO, a Carlos le tocó en la misma clase que a Jorge, pero prácticamente ya no se hablaban. Se marchó del grupo de WhatsApp hacía mucho y ahora tenía otros amigos.

Estudió el bachillerato en un centro concertado de curas porque sus padres no querían que siguiera en el instituto. No volvió a tener contacto con sus amigos y formó un nuevo grupo de chavales que tenían más afinidad con todo lo que sus padres le habían enseñado.

Terminando ya casi la carrera, hablando con su madre por teléfono, esta le preguntó si sabía en quién se había convertido Gabriela. Él no había sabido nada de ella en esos años. Su madre le contó que era líder de un grupo de feministas que iban montando manifestaciones y huelgas. Estaba terminado derecho y seguro que sería de las que, como todas las demás rojas feministas, alimentaba malas ideas en la cabeza de las mujeres para que denunciasen a sus maridos por maltratadores arruinando así la vida de hombres cabales que cuidaban de sus familias lo mejor posible. Carlos le contó que en su facultad también había de esas y más de una vez habían tenido que pararles los pies porque se estaban volviendo muy poderosas, las machorras esas.

Diez años más tarde, cuando volvió a casa por Navidad, entró con sus padres y sus hermanas en un restaurante para cenar una noche y al fondo de la sala se encontró con Jorge y Rubén que cenaban juntos cogidos de la mano. No podía creer lo que veían sus ojos. Todo el mundo estaba cenando con tranquilidad mientras ellos se miraban acaramelados y con “ternura”.

Se acercó a ellos y con un clarísimo desprecio en sus palabras les increpó a marcharse de allí y dejar de hacer esa explicita declaración de su puta mariconería. Un hombre como él o su padre no podían estar cerca de dos bujarrones que se miraban con carita de enamorados cuando lo único que estaban haciendo era el ridículo. Solo eran dos enfermos que merecían el desprecio de los que estaban a su alrededor. Fue a buscar a su familia y a voz en grito aconsejó al dueño del local que, si quería que las familias decentes siguieran siendo sus clientes, debería echar a la calle a los maricones esos. Sus padres se sentían orgullosos de él. Habían hecho de su Carlos un hombre de bien que llevaba los valores de la buena familia allí donde iba. Salieron del local sintiéndose muy superiores a todos los que allí habían dejado. Ellos y su moralidad estaban a años luz de esta sociedad corrupta y llena de execrables personajes que hacían de su desviación un modo de vida”.

Gracias al pin parental, a los acuerdos políticos entre partidos de ultraderecha y extrema derecha, este cuento puede llegar a ser real. La Inquisición ha vuelto. No con una sotana, un potro de tortura o una hoguera en la plaza del pueblo. Ahora lleva traje y corbata y se sienta en lugares donde no necesitan matar a nadie, solo presionar con no aprobar unos presupuestos económicos de una comunidad autónoma para meter la cuña de la irracionalidad, de la incultura, la intolerancia y el miedo a la diversidad en la mente de las niñas y niños de los que se piensan dueños absolutos.

Ser padres y madres no da el derecho a limitar la vida de nuestros hijos o a estrechar sus mentes. Pero los señores del Santo Oficio solo quieren conseguir una cosa de ellos. Que se alimenten del odio. Ese odio que han convertido en el motor de su vida y que les lleva a hacer declaraciones que sí que son una auténtica aberración. Sus mentes son las enfermas, las desviadas y las peligrosas. Impedir que los futuros voxeros no lleguen a serlo porque en las escuelas e institutos se eduque en libertad, con valores y en tolerancia social, hará peligrar la estrechez de miras y el analfabetismo social que tanto les gusta defender.  Y ahora, gracias al PP y a C’s, el odio puede que se meta en las escuelas de muchas ciudades y pueblos de este país, incluso en contra de la legalidad vigente.

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