Viñeta de Lex – @LLexadas

Artículo de Beli – @Belentejuelas

 

Las mujeres se han visto sometidas al aplastante poder de ser ese precioso objeto decorativo, que adornaba con su sometida presencia, la vida masculina.

La belleza solo tiene la importancia que nosotras queramos darle y nuestra valía no se mide en centímetros de cintura o en el tamaño de nuestros tacones.

Ser y aceptar a la persona que somos, es un gran paso para tener una vida feliz.

Una de las directrices subliminales que nos ha impuesto el patriarcado a las mujeres, es la belleza. Durante toda la historia de la humanidad, las mujeres se han visto sometidas al aplastante poder de ser ese precioso objeto decorativo, que adornaba con su sometida presencia, la vida masculina.

Distintos cánones de belleza han obligado y subyugado la vida de las mujeres, insertando en su existencia la necesidad de estar ajustadas a esos patrones, que normalmente venían marcados por las preferencias masculinas. Nuestro cuerpo ha sido mutilado, deformado, estrujado o modificado para satisfacer una necesidad que no era nuestra.

Ser un objeto decorativo fue durante mucho tiempo una de nuestras únicas aspiraciones en la vida. Los hombres, buscaban entre la multitud a la mujer que para sus ojos, representase la belleza que estaba buscando. Su inteligencia, su integridad o su valor como ser humano no tenían importancia siempre que su rostro, su cuerpo y su prestancia significasen algo para un varón. Él y sus necesidades estarían más que satisfechas, si cuando pasease por la calle, los demás varones mirasen con envidia a la mujer que llevaba colgada del brazo.

La vida ha evolucionado y ahora ya no somos objetos decorativos. Hemos, con una lucha sin cuartel que ha dejado montones de víctimas por el camino, conseguido parte de esos derechos que como seres humanos nos corresponden. Sin embargo, hemos interiorizado hasta tal punto que la belleza es algo intrínseco a las mujeres, que hoy, en pleno siglo XXI, todavía en cierto modo la seguimos buscando.

Hasta hace relativamente poco tiempo, las mujeres japonesas se vendaban los pies porque a los hombres de su país, les gustaban las féminas de pies pequeños. Hoy sabemos que es una atrocidad y que la deformación de un cuerpo para la satisfacción visual o táctil de otro ser humano es una aberración. Ya no nos vendamos los pies, ni embutimos nuestro cuerpo en un corsé que no permita la respiración normal. Sin embargo, esa necesidad de agradar, de estar estéticamente a la altura de lo que se espera de nosotras, sigue estando presente.

Operaciones de cirugía estética, dietas de adelgazamiento milagrosas, cambios de imagen permanente para seguir los dictados de la moda, son algo completamente normal en la vida femenina. En otro nivel inferior, escondemos nuestras canas, nuestras arrugas, nuestra edad, en una encarnecida batalla para ocultar el paso que el tiempo deja en unos cuerpos que han de durarnos toda la vida. Los creadores de cremas corporales y de mágicas pócimas para evitar las bolsas de los ojos o las ojeras, las patas de gallo o las arruguitas que aparecen encima de nuestro labio superior, hacen el agosto con esa preferencia social, que en las mujeres es una necesidad.

Cumplir con las expectativas de ser objeto bello, lleva a las mujeres a padecer enfermedades. Trastornos psicológicos que hacen de nuestra vida un verdadero infierno. Bulimia, anorexia, falta de autoestima, son por desgracia mayoritariamente padecidos por mujeres jóvenes.

La sociedad patriarcal tiene y ha tenido siempre mecanismos para hacer que las mujeres se sientan culpables por no alcanzar los estándares de cuerpos perfectos y rostros agradables. Porque hay radica todo el problema. No es que queramos ser o no ser más bella que las demás. Es que tenemos que serlo. Una competición absurda en la que no hemos pedido participar pero de la que el machismo y sus necesidades no nos permite salir.

La belleza no es algo de lo que debamos escapar, todo lo contrario, pero tampoco debe suponer una lucha diaria contra nosotras mismas. No quiero con esto que nadie piense que las mujeres no podemos arreglarnos, maquillarnos o teñir nuestro cabello. Lo que trato de decir es que esa decisión debe ser en exclusividad tomada por nosotras mismas y para satisfacernos a nosotras, no para cubrir una necesidad de otro o de una sociedad que va a marcarnos como a ganado si no lo hacemos. Que va a ofendernos diariamente si dejamos que nuestra naturaleza humana se muestre tal cual es.

El patriarcado tiene armas como la publicidad o el cine para manipular nuestra percepción de nosotras mismas. Todas queremos ser Charlize Teron o Angelina Jolie. O al menos, deseamos que el espejo nos devuelva la imagen de esa mujer que deseamos ser, en vez de mostrarnos la que realmente tenemos.
Enfrentarse al espejo y vencer la necesidad de no examinarnos, es una asignatura que tenemos pendiente las mujeres. El tamaño y la turgencia de nuestros pechos, la distancia entre una cadera y otra o el inevitable paso del tiempo, es un enemigo que vive con nosotras y al que cada mañana tenemos que ganar la batalla para no quedarnos metidas en la cama, tapadas con las mantas, pensando que más que una mujer somos un orco.

Reconocer que es un enemigo impuesto por una sociedad que espera de nosotras la sublime aspiración de ser única y divina cada día, es dar un gran paso adelante. Somos seres humanos con las imperfecciones propias de una biología que en ningún caso es perfecta. Nuestra genética marca el color de nuestros ojos, la tersura de la piel o el tamaño de nuestros miembros. Esa misma genética nos hace diferentes a los demás y esa es de verdad, la gran belleza.

Mirarse al espejo y sentirse poderosa no tiene nada que ver con la cantidad de dinero que gastemos en maquillajes, trajes o potingues. La belleza solo tiene la importancia que nosotras queramos darle y nuestra valía no se mide en centímetros de cintura o en el tamaño de nuestros tacones.

Ser y aceptar a la persona que somos, es un gran paso para tener una vida feliz. Vivir con ello cuando una sociedad entera está dispuesta a humillarte cada día, es realmente agotador. Jóvenes que dejan de comer para estar como verdaderos fideos poniendo en serio riesgo su vida física y emocional solo para levantar una autoestima, que ha desaparecido al no entrar en el pantalón de la talla que se supone que debe utilizar. Autopsias a mujeres que mueren en quirófanos de clínicas de alto standing o en verdaderos estercoleros sin control sanitario y con carniceros de carnet de cirujanos falsos, solo para tener menos caderas o más pechos.

Decir de alguien que es preciosa es una puerta abierta en la sociedad. Los demás miraran nuestro rostro con satisfacción y sonreirán al pasar a nuestro lado. Nos hará sentirnos mejor con nosotras mismas incluso cuando sabemos que es solo un espejismo. Una falacia que durará breves instantes. Pero si pensamos un minuto en ese halago, nos daremos cuenta que no es para nosotros. No es algo que nos de valor, ni nos ayude a ser mejores personas. No aumenta nuestra inteligencia y no nos proporciona más que un regalo para los oídos.

Ser bella no es nada. Porque la belleza depende de un criterio. Y cada uno de nosotros tiene uno. Tener los ojos verdes o negros, el pelo más o menos brillante o unos andares con elegancia no hace de nosotros seres distintos de los demás. Las personas que somos no se mide en giros de cabeza de los hombres a nuestro paso. Escapar de la tristeza de reconocernos en el halago de los demás y sí en nuestra propia percepción, hará de nosotras mujeres realmente libres.

Pensemos solo un detalle para darnos cuenta de hasta dónde llega la presión social para mantener nuestra belleza y nuestra juventud. El patriarcado se manifiesta en toda su plenitud cuando un señor, con claros signos de calvicie, la cintura ensanchada y vestido con un chándal viejo le dice a su mujer: “Mari, este año has engordado un poco ¿no?”. Ella, extrañada por el comentario, se acerca al baño y mirándose en el espejo desde todos los ángulos posibles, se dirá a sí misma: “Mañana me pongo a dieta”.

 

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Libros de Belén Moreno

"El espejo" de Belén Moreno

El Espejo

En 1935 Leonor llega a un pequeño pueblo de Segovia para ser maestra. Lleva consigo sus libros, su ilusión y su ideología. Los acontecimientos se desbordarán irremediablemente para ella y para los demás vecinos del pueblo. Conocerá a las personas que sin quererlo ella serán decisivas para el resto de su vida. El amor, la política, el rencor, la envidia y el horror de una guerra, tomarán las riendas de la vida de todos los habitantes de Hornillos de la Sierra. Incluidas las de las generaciones futuras.

Las maestras republicanas intentaron llevar la luz de la cultura y la educación a todos los rincones más escondidos de nuestro país. Esta novela está escrita por su memoria, que no podemos olvidar; por su esfuerzo, que jamás será recompensado y por su ilusión, que es el motor de la docencia.

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