Viñeta de Artsenal – @ARTSENALJH

Artículo de Beli – @Belentejuelas

 

Las personas que opinan que ser mujer biológicamente hablando es algo inexistente, basan sus teorías en algo que las mujeres llevamos toda una vida intentando abolir. El género.

Las mujeres sentimos en nuestras carnes que el género lleva desde el inicio de los tiempos condicionando nuestra existencia y esa experiencia nos indica que es lo que hay que eliminar.

Cuando más cerca estamos de alcanzar esa ansiada meta, el patriarcado inventa una nueva estrategia que nos obligue a permanecer en el lugar que eligió para nosotras.

El otro día leí un tuit que me dejó perpleja. Era una única línea, pero su profundidad era más amplia que un libro de mil páginas. En su sencillez, en una única oración simple, encerraba un significado demoledor. Pocas veces unas cuantas palabras unidas podían significar tanto dolor.

“La mujer biológica no existe”. Ese era el tuit. Cinco palabras que arrollaban miles de años de lucha, millones de seres humanas muertas, asesinadas, explotadas, humilladas, violadas, expulsadas, acosadas, marginadas, anuladas.

No voy a cuestionarme la existencia de las personas transexuales. No puedo intentar esconder algo que está ahí, que es una realidad. La naturaleza es sabia, pero en su sabiduría, comete errores porque la perfección no existe, ni tan siquiera en la figura de lo más perfecto que conocemos.

La naturaleza crea a los seres vivos para mantener los ciclos vitales. Animales y plantas coexisten en ecosistemas cuasi perfectos que se autogestionan para sobrevivir y adaptarse. Pero en ese sinfín de funciones biológicas, en algún punto, falla algo. Y aparecen seres inadaptados o que no encajan en la cadena vital a la que están encaminados. Ellos no son culpables y no han hecho nada para ser así, pero han de asumir su singularidad y vivir lo mejor posible dentro de su mundo.

Con los seres humanos ocurre lo mismo. Hay personas que nacen en el cuerpo de un ser que no son ellos. Lo saben y libran una dura batalla interior y exterior hasta que encuentran el camino para poder ser ellos mismos. Necesitan el respeto y el apoyo que precisen para insertarse en su ecosistema y vivir dentro de él con su particularidad. Algo que al fin y al cabo hacemos todos. Aunque nuestros cuerpos sean los mismos, cada humano es único e irrepetible. Conocernos y aprender a vivir dentro de nosotros mismos y con el resto de los humanos, es la tarea vital que todos llevamos a cabo durante nuestra existencia.

Pero negar sistemáticamente la biología humana, no solo es una aberración y un escupitajo en la cara a la naturaleza. Es algo más profundo. Se trata de intentar borrar de un plumazo la existencia de millones de seres que cada día se observan y saben perfectamente lo que son.

Cuando los niños y los adolescentes estudian a los animales, lo hacen por grupos. Por sus características físicas o por el modo de reproducción. Llegan a los mamíferos y aprenden que son ese grupo cuyo desarrollo se inicia dentro del cuerpo de las hembras y que luego se alimentan de ellas durante un tiempo. Vacas, elefantas o delfinas son mamíferos. El ser humano también lo es. Y para que haya mamíferos obligatoriamente ha de haber un macho y una hembra. La vaca es la hembra del toro y el toro el macho de la vaca. La mujer y el hombre son la hembra y el macho de la especie humana.

La base primigenia del patriarcado es la biología femenina. Cuando en la era de las cavernas los hombres se dieron cuenta de que había un ser conviviendo con ellos, cuya naturaleza biológica era distinta, con otras formas, otras partes visibles y que realizaba funciones diferentes, concibieron un mundo donde uno de los seres estuviera siempre por encima del otro. ¿Cuál fue la razón de ese establecimiento social? Pues básicamente la diferencia biológica. El hombre es más alto, más fuerte y más potente que la mujer según las estadísticas y utilizó esas cualidades para someterla.

Lo que siguió lo sabemos todos. Siglos y siglos de discriminación y anulación de un ser humano. La biología femenina es la causante de muchos de nuestros problemas en la sociedad. Nuestras funciones vitales se han cuestionado y han sido el motor del rechazo y la segregación. La regla, el embarazo, el parto, la lactancia, el post parto, la menopausia, son a día de hoy razones en todo el mundo para el marcaje de la mujer en la sociedad. Cualquier motivo es válido para excluir o manipular.

Nuestro cuerpo ha sido utilizado cuando se ha necesitado y apartado cuando ya no hacía falta. Hoy, en pleno siglo XXI, una función de la naturaleza femenina está siendo objeto de especulación comercial.
Y si todo esto es una realidad ¿por qué alguien puede afirmar, con tal rotundidad que no existimos? Porque podemos preguntarnos, si no soy una mujer biológica ¿qué soy?

Ser mujer no es un concepto, ni una idea, ni un constructo, una imaginación, un sentimiento o un anhelo. Ser mujer es una realidad palpable. Yo puedo tocarme, toco a mis compañeras, a mis hermanas, a mi hija. Somos tangibles. Pero una mujer no es solo un cuerpo. Una mujer es una existencia total. Unas vivencias, una historia, una manera real de estar en el mundo.

Las personas que opinan que ser mujer biológicamente hablando es algo inexistente, basan sus teorías en algo que las mujeres llevamos toda una vida intentando abolir. El género. Por género entendemos el conjunto de roles y comportamientos que la sociedad, de una forma consciente, atribuye a cada uno de los dos sexos que conforman la naturaleza humana, para que inconscientemente los conozca, los interiorice y actúe en consecuencia. De esta forma, la sociedad patriarcal, asigna a las mujeres unas características que la mantienen en la posición subordinada que se ha predeterminado para ellas.

El género nos dice que las mujeres son dóciles, cuidadosas, amantes desinteresadas, protectoras, hermosas y sin ambición. También que nos gusta pintarnos, decorar nuestros cuerpos, lucir bellas y ser generosas. Nos impone unas aspiraciones vitales como la maternidad o la elección de profesiones más cerca de las Humanidades. Hace hincapié en nuestra escasa o nula satisfacción con los trabajos manuales, las ciencias o la mecánica. Nos viste de determinada forma y nos empuja a vivir según unos cánones. Establece para nosotras formas de amor y apareamiento que se acercan más a la sumisión que al deseo.

Literalmente, el género nos permite pensar que existen cerebros femeninos y cerebros masculinos. Porque de esta forma, si creemos que nuestro cerebro está predeterminado a una existencia vital marcada de antemano, cuando alguien se salga de la norma, podrá ser marginado sin problemas. Ninguna sociedad acepta fácilmente a los díscolos. Pero no hay ninguna teoría que demuestre que los cerebros de ambos sexos son distintos.

Sin embargo las mujeres, sentimos en nuestras carnes que el género lleva desde el inicio de los tiempos condicionando nuestra existencia y esa experiencia nos indica que es lo que hay que eliminar. Sabemos que para ser realmente libres debemos deshacernos de ese yugo. Luchamos cada mañana por nuestro derecho a ser las personas que somos. Con nuestras propias actitudes, preferencias y elecciones. Pero cuando más cerca estamos de alcanzar esa ansiada meta, el patriarcado inventa una nueva estrategia que nos obligue a permanecer en el lugar que eligió para nosotras.

Ahora ha creado a los seres que nos niegan. Nadie se pregunta que existan los hombres con sus particularidades individuales. La sociedad no se cuestiona la sexualidad masculina. Sin embargo, si se cuestiona la nuestra. Porque se discute nuestra mera existencia. La homosexualidad femenina se pone en duda a diario. Según ciertas “teorías”, las lesbianas no son seres reales. No es lógico que una lesbiana sienta un rechazo hacia unos genitales diferentes a los suyos solo porque no son de mujer biológica. Porque claro, partimos de una base que se pregunta qué es ser una mujer. Y en esa pregunta caben todas las respuestas que cualquiera pueda inventar. Eso sí, ninguna se ajusta a la realidad palpable.

Hoy, levantarse una mañana y autodefinirse como mujer te convierte en una de un plumazo. Da igual que hasta la noche anterior hayas sido un hombre criado en los arrulladores brazos del patriarcado. Ahora te percibes como una mujer, y como ser mujer es una autoapreciación, pues ya está hecho. Ya soy una mujer. Me pongo un poco de rímel, unos tacones, un top y a recorrer el mundo menospreciando al resto y creando un término despectivo para agrupar a todas las que cuestionamos esa percepción tan personal de la mujer. Da igual, para esas personas no existimos. Insultarnos o anular nuestra longeva lucha en favor de la suya es lícito. Al fin y al cabo, estaban en el lado bueno de la sociedad. Perder eso es muy doloroso, así que en vez de convertirme realmente en el ser que siento que soy; si es que de verdad me siento así, aceptando que voy a cambiar de bando y que mi vida va a dejar de ser tan fácil; anulo al resto. Me erijo en juez y parte de la división social y decido quién, cómo, cuándo, dónde y de qué manera se es una mujer. Da igual nuestros caracteres, nuestro sexo, nuestras realidades. Soy una mujer porque lo digo yo y punto pelota.

Construirse como mujer no es un ideal. Es una realidad. Es vivir cada día con un cuerpo que condiciona todos y cada uno de los pasos que damos. Negarnos, para quedar siempre por encima, colocado en ese lado que protege de los daños que van a sufrir siendo de verdad una mujer, es mucho más fácil.

Las mujeres nos miramos cada día al espejo desde que nuestra mente es capaz de reconocer nuestro reflejo y nos decimos: soy una mujer. Vivir dentro de nuestro cuerpo no es un camino de rosas. Pero nuestras espinas, también son parte de nosotras. No somos etéreas, ni un ideal de una mente calenturienta. Somos seres humanos y nunca vamos a permitir que alguien niegue nuestra realidad. Ser mujer no es una creencia. Ser mujer es vivir una realidad muy dura y no todo el que se autoproclama mujer está dispuesto a aceptarla.

Viñeta

Viñeta de Artsenal

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elpais.com ¿Son diferentes los cerebros de mujer y hombre?

El autor explica que ningún estudio científico serio “ha demostrado hasta hoy que los hombres sean más inteligentes que las mujeres o viceversa” y cree que ninguna diferencia cerebral observada entre sexos “justifica ningún tipo de exclusión de la mujer”.

conceptodefinicion.de Definición de Género

Libros de Belén Moreno

"El espejo" de Belén Moreno

El Espejo

En 1935 Leonor llega a un pequeño pueblo de Segovia para ser maestra. Lleva consigo sus libros, su ilusión y su ideología. Los acontecimientos se desbordarán irremediablemente para ella y para los demás vecinos del pueblo. Conocerá a las personas que sin quererlo ella serán decisivas para el resto de su vida. El amor, la política, el rencor, la envidia y el horror de una guerra, tomarán las riendas de la vida de todos los habitantes de Hornillos de la Sierra. Incluidas las de las generaciones futuras.

Las maestras republicanas intentaron llevar la luz de la cultura y la educación a todos los rincones más escondidos de nuestro país. Esta novela está escrita por su memoria, que no podemos olvidar; por su esfuerzo, que jamás será recompensado y por su ilusión, que es el motor de la docencia.

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