Viñeta de Lex – @LLexadas

Artículo de Beli – @Belentejuelas

 

Hay mucho camino que recorrer para acabar con el franquismo y sus huellas. Básicamente porque hay demasiados intereses que continúan impidiendo que la verdad salga definitivamente a la luz.

Todos los presidentes del gobierno español, buscan conseguir algo, por nimio que sea, que les haga pasar a la posteridad. Alguno no lo han logrado, porque su gestión ha sido tan nefasta qué si bien serán recordados, no será por un gesto o logro significativo, sino por todo su periplo gubernamental. Mariano Rajoy, podrá ser señalado en los libros de historia por una serie de catastróficas desdichas que hacen de él, el peor presidente de nuestra democracia.

José Luis Rodríguez Zapatero escribe su nombre para la posteridad por aprobar el matrimonio homosexual y por inventarse el eufemismo de la “desaceleración económica” en vez de llamar crisis a la apisonadora que nos dejó planchados sobre el suelo.

Adolfo Suárez será siempre el presidente de la Transición. Aquel al que se le perdonó ser Secretario General del Movimiento, director del ente público de RTVE o la persona que encajó la monarquía para no tener que hacer un referéndum y ver como la República volvía a gobernar.

José María Aznar quitó la milicia obligatoria, nos llevó a una guerra de la mano de George Bush hijo y lució palmito tabletero en toda la prensa del corazón. También es el costillo de la mujer que defendió la candidatura de Madrid para las olimpiadas con un relaxing cup of café con leche. No es fácil vivir con eso en la espalda.

Calvo Sotelo fue el intermedio. Esa fue su gestión. Un lugar entre dos grandes políticos, uno que hizo frente al golpe de Estado y otro que usaba pana para cubrir su todavía delgado y bien formado cuerpo de joven socialista.

Felipe González no solo será el presidente más longevo, sino que también será uno de los que más dinero ha conseguido tras su periplo gubernamental. Es el señor X, el hombre de los Gal y la cal viva, el que puso a Roldán al frente de la Guardia Civil y el que ha transformado más su ideología primigenia. Ha pasado de ser líder del socialismo europeo al liberalismo más trasnochado.

Y nos queda, el actual. El presidente más alto y con más tirón mediático. Pedro Sánchez quizá vuelva a gobernar o quizá no, pero no se le podrá olvidar tan fácilmente. Fue el presidente del gobierno más femenino de la historia, el que recorrió en su coche el país buscando socialistas debajo de las piedras, al que le traicionó su más íntimo colaborador y al que su propio partido deseaba el hundimiento. Pero si algo será definitivo para su paso por los libros de texto, es sin lugar a dudas, por haber exhumado el cadáver del dictador y haberle puesto a buen recaudo en el Pardo. Allí en Mingorrubio, descansando al lado de la que fuera su esposa leal, seguirá esperando la llegada del juicio final y su sentencia eterna.

Por fin, en el Valle de los Caídos, ese mausoleo que suda sangre republicana por los cuatro costados y a la sombra de esa cruz de color gris, que tiñe con su sombra la sierra madrileña, ya no se puede ir a poner flores en su tumba. Allí solo queda el recordado José Antonio Primo de Rivera, hijo de dictador y creador de la Falange, para ser considerado una víctima más por parte de la vicepresidenta Calvo. El prior del monasterio, suplicó, pataleó y lloró para que el alma del siempre venerado caudillo no abandonase su última morada. Pero el seudosocialista Pedro Sánchez y los jueces del Tribunal Supremo se han comido con patatas sus falangistas ilusiones.

Sin embargo, la marcha de los restos de nuestro mayor criminal de la historia, han sido tratados entre esponjas y algodones. Sus nietos y bisnietos, que siguen comiendo a la sopa boba de un apellido, con algún ducado que otro, se presentaron de negro y compungidos para sacar al abuelo a hombros envuelto en un clima de dolor y luto; con el emblema del escudo de armas de su mismo nombre, como demostración de poderío; más propio de las plañideras de los pueblos que de gentes de su auto impuesta alta alcurnia que, además, tienen a buen recaudo todo lo sustraído al pueblo español durante la eterna y cruel dictadura.

Una bandera del pollo que se obliga a guardar, unos cuantos vivas Españas y vivas Francos y un dolor fingido ante el descalabro democrático que tenían que sufrir. La ministra de justicia en funciones firmó como notaria todo el espectáculo y tras un paseíto por el cielo de Madrid, descargó la mercancía en Mingorrubio, donde un selecto puñado de fieles seguidores, esperaban no solo la llegada del cargamento sino también la de la prensa y la televisión para dejar una imagen veraz de hasta dónde llega la fidelidad franquista. Incluso de dictadura se acusó al gobierno por haber llevado a cabo algo que tenía que haber ocurrido hacía ya 44 años.

Los demás políticos, indignados por lo que para ellos es un descomunal gasto innecesario a lo que ascendió el desenterramiento y con el desdén del que no quiere mostrar su verdadera opinión, intentaron pasar el trago con la mayor de las dignidades y se mantuvieron en un segundo plano en tamaño evento político. Aunque alguno hubo que abrió la boca tanto como normalmente nos tiene acostumbrados.

Los españoles fuimos testigos de un hecho histórico que debía haber sido silencioso, práctico y discreto y que sin embargo fue todo un circo mediático. Hasta una cadena de televisión se permitió el lujo de hacer una encuesta entre los ciudadanos para conocer si de verdad alguien pensaba que Franco no había sido un dictador. La historia, para los señores de La Sexta no es tan importante como la opinión de cuatro chalados que contestaron a sus preguntas.

Periodistas apostados en lugares estratégicos, imágenes de archivo y un despliegue de medios que ya quisiera la Eurovisión. Total, una auténtica vergüenza nacional. Se le trató, no como a un héroe, pero sí como a una personalidad. No como lo que era realmente, un asesino. Se permitió a su familia, hacer el trance del luto y soltar alguna lagrimita y algún comentario que mejor se había quedado en la garganta del que lo dijo.

Franco ha sido llevado a hombros nuevamente. Ha sido honrado por segunda vez y ha sido ensalzado por sus acólitos como el prohombre que para ellos fue y seguirá siendo. Sus primos alemán e italiano, fueron defenestrados por sus sociedades, ocultados a los ojos del gran público como la vergüenza que inspiraban en los gobernantes democráticos. Nosotros en España, como nos gusta dar la nota, pues lo hemos hecho a lo grande. Tan grande como la fundación legal que lleva su nombre, tan grande como las banderas que salen todos los días a ondear por las calles de nuestras ciudades y pueblos. Tan grande como las alabanzas que se proclaman de su persona. Tan grande como su terrible paso por nuestra historia.

La memoria histórica no exigía algo como lo que el PSOE ha hecho con los restos del dictador. Exigía el reconocimiento a su genocidio y a ser tratado como lo que fue. Sin embargo, en el buenísmo español, tratarle como él nos trató a nosotros no se concibe. El público, incluso aquel al que la política y sus consecuencias le traen al pairo, se sentía medio ofendido porque no encontraban la razón para esa exhumación. Y los que tenemos una deuda histórica con él por las desgracias que hicieron vivir a nuestros familiares, nos sentimos estafados al comprobar que por muy socialistas que sean los del gobierno, mostraron respeto y pudor por lo que estaban haciendo.

Ahora viene el día después y con él las preguntas. ¿Qué pasará ahora? ¿Se va a quitar la cruz que levantaron las manos de los presos republicanos? ¿Se abrirán las tumbas de los que no pidieron estar allí? ¿Irá la ministra a firmar documentos notariales cuando los restos sean de labriegos, soldados, maestras, viudas, mineros o alcaldes de pueblo pequeño? ¿Se dejará a los familiares de las víctimas llevar a hombros a sus muertos? ¿Se les permitirá rendir homenajes?

Y hay muchas cuestiones más que no obtienen respuestas. Qué hacer con la fundación, se va criminalizar el uso de la bandera y de los gestos, se logrará la prohibición expresa de mostrar algún símbolo en actos públicos (aunque no institucionales), se contará la historia de verdad alguna vez…

Hay mucho camino que recorrer para acabar con el franquismo y sus huellas. Básicamente porque hay demasiados intereses que continúan impidiendo que la verdad salga definitivamente a la luz. No la de los muertos, no la de las mentiras que los ganadores airearon a los cuatro vientos. Hay que acabar con la dictadura. Pero mientras eso ocurre, todos seguiremos recordando la cara de Arias Navarro, con rostro compungido y lágrimas a punto de brotar de los ojos, pero esta vez diciendo: “Españoles, Franco todavía no ha muerto”.

Viñeta

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