Viñeta El Koko – @Elkokoparrilla

Artículo de Beli – @Belentejuelas

 

Lolo Rico nunca pensó que treinta y cinco años más tarde, revivir ese programa nos estaría mostrando no ya el pasado, sino ese futuro al que todos desearíamos llegar otra vez.

La sociedad española ha sufrido, lo que podríamos llamar, una “francotización”. Es decir, una parte importante de la ciudadanía está viviendo un proceso de transformación a seres franquistas.

Hace unas pocas semanas, Cachitos de hierro y cromo, ese programa de LA 2 que solo vemos algunos trasnochados a los que nos gusta Radio3, hizo un homenaje a La Bola de Cristal.

Cuando se estrenó el primer programa de La Bola de Cristal, allá por el seis de octubre de 1984, los niños, jóvenes y algunos adultos, vimos cómo una puerta se nos abría, inundando de luz el infinito universo gris donde estábamos viviendo.

Lolo Rico nunca pensó que treinta y cinco años más tarde, revivir ese programa nos estaría mostrando no ya el pasado, sino ese futuro al que todos desearíamos llegar otra vez.

La evolución humana debería ser siempre un camino hacia delante. Utilizar el aprendizaje anterior para enfocarlo en crear un futuro más justo, más libre y más sano. Sin tropezar otra vez en la misma piedra. Pese a ese razonamiento tan simple pero tan efectivo, en España estamos demostrando que evolucionar no es sinónimo de avanzar.

Desde hace un par de elecciones o tres, midiendo el tiempo en votos escrutados, podemos observar como la sociedad española ha sufrido, lo que podríamos llamar, una “francotización”. Es decir, una parte importante de la ciudadanía está viviendo un proceso de transformación a seres franquistas.

En los años que cantábamos los sábados por la mañana “Faradio Faradio y me importa un vatio”, íbamos aprendiendo que la homosexualidad era una natural inclinación humana. Kiko Veneno y Santiago Auseron enseñaban a los niños que ser distinto era mucho mejor y más divertido que ser un zombie igualito que el resto. Alaska, sus rastas y sus superlativas hombreras, nos liberaron de los calcetines de perlé y los vestiditos de nido de abeja para ir a misa los domingos.

Obviamente no todo en los años de La Bola de cristal fue bueno. Los años ochenta tuvieron aspectos tan negativos como la masacre adolescente de la heroína, que se llevó por delante gran parte de toda una generación. Y el gobierno del PSOE del orondo Felipe González, que daba una de arena y no sabemos cuántas de cal. Pero indudablemente absorbimos una sensación de libertad que se nos grabó a fuego en el ADN de esos tiernos años de esponja humana y que hemos intentado mantener y transmitir a todos los que fueron llegando después. Libertad para ser quién eres, para defender tu integridad personal, para ir con la cabeza muy alta a proclamar que somos feministas, conociendo nuestra singularidad y hacer gala de ella.

Pero en aquellos años locos, los jóvenes que nos pintábamos el pelo de azul, o los que llevaban el pelo largo y vestían a su antojo para reclamar su posicionamiento en la sociedad, teníamos un enemigo común, quizá tan poderoso como el yugo de unos padres chapados y criados en los terribles años 50. Esos enemigos, eran los “otros jóvenes”. Los que vestían ropa de marca y que en las noches oscuras del invierno madrileño, escondían un bate de béisbol dentro del pliegue de su loden verde y que esperaban pacientes mientras se fumaban un Winston, a que un hippie, un modie o un punky solitario pasase por delante de ellos y poder enmendarle a base de porrazos.

Esos jóvenes, escribían “Zona Nacional” en las cuatro esquinas de la calle Mejía Lequerica, para sitiar con sus marcas de orín de camisa negra trasnochada, la calle donde tenía su sede Fuerza Nueva. El partido que mantenía intacta la memoria de prohombres como Mussolini, Hitler o nuestro dictador más castizo. Defendían un ideal y a un hombre, Blas Piñar, líder del grupúsculo de la derecha más derecha de todas las derechas.

Notario de profesión y franquista de corazón, amamantaba a sus polluelos con el odio al diferente, al que destacaba y al que sacaba los pies del plato. Les inculcó la diferencia entre libertad y libertinaje y les soltaba a poner orden en las calles de una ciudad tomada por la anarquía, que emanaba directamente desde la Plaza de la Villa. Hijos de empresarios, políticos y gentes de poder económico de dudosa procedencia, iban asimilando el odio hacia todo lo que supusiera un salto hacia delante. Ellos en su posición, vivían la vida regalada del que lo tiene todo heredado de unos progenitores que se codeaban (como hoy) en el palco del Bernabeu con la flor y nata de la cúpula de la extinta dictadura.

Mientras nosotros reíamos con los electroduendes, ellos caminaban las calles para mantener la cruzada emprendida en 1936 por sus antepasados.

Hoy esos mismos jóvenes, ocupan lugares prominentes en la sociedad y ahora han entrado en el Congreso, en los ayuntamientos y en las Comunidades Autónomas de la mano de unos incautos, que han creído palabra por palabra su discurso lanzallamas, que escupe todo el veneno que han podido acumular en estos últimos treinta y cinco años.

Nosotros gritamos nuestra libertad a todo el que quiera escucharnos y ellos se agrupan en un partido político cuyas siglas envenenan la boca de quién las pronuncia. Esos pijazos que iban cortando el pelo y obligando bajo amenazas a cantar el Cara al Sol en la puerta del Pachá de la calle Barceló, se sientan a pactar con los hombres y mujeres de “centroecha” (como dicen en Todo por la radio de la Cadena Ser) y se sitúan en la parrilla de salida de la política real.

Son los que niegan la violencia machista y a sus 1002 mujeres asesinadas, expulsan a los homosexuales de la vida social y pretenden esconder la fiesta del Orgullo no ya en la Casa de Campo, sino en alguna oscura cloaca, después de aplicarles la ley de Vagos y Maleantes tras una buena somanta de palos o algún curso de reeducación, que podríamos calificar de Naranja Mecánica.

Proclaman los éxitos de figuras relevantes de nuestro glorioso pasado como Isabel la Católica, que tuvo la gran idea al llevar a la España multicultural al más profundo y oscuro medievo, la Armada Invencible que se hundió sin necesidad de meter piedras en los barcos o derriban estatuas de Abderraman III para que no haya un solo moro sin castigo, aunque sea una estatua.

Exigen al gobierno que le pida al gabacho que se meta sus ideas de libertad, igualdad y fraternidad dentro de su culo franchute. España es una, grande y libre y precisamente lo que menos le interesa es permanecer en el siglo XXI.

Se ponen de pantalla para impedir que el gobierno saque a su líder de su sacro encierro sin entonar esa estrofa tan mítica de Joaquín Sabina, que narraba los invitados del primer sepelio: “A su entierro de paisano asistió Napoleón, Torquemada y el caballo del noble Cid Campeador”.

Esos hombres y mujeres que crecieron a los pechos del franquismo, se lo calaron hasta los huesos y lo mantienen vivo en su interior, tienen hoy la llave de muchos gobiernos españoles. Se unen a los que son sus amigos naturales, aunque alguno trate de evitarlos en público para no contaminar su imagen neoliberal, pero los jóvenes fascistas que hoy lucen canas en sus cabelleras engominadas, no permiten que nadie se les suba a las barbas y se les puedan escapar, dejándoles fuera de ese calentito lugar que ya han conseguido.

Los cordones sanitarios ya no sirven para disimular lo que cada uno tiene en su corazoncito de derechas. Ahora los tenemos enfrente otra vez y ahora no vienen con bates de béisbol, ni entran matando abogados en despachos laboralistas. Ahora tienen escaños y votan en el pleno del Congreso. Ponen y quitan alcaldes y van creándose deudas que algún día se cobraran.

Todos y cada uno de los que un día pensaron que podían ser como ellos, porque su españolidad más profunda, esa que se lleva en forma de pulsera rodeando la muñeca tras un reloj de imitación, quizá comprado en un bazar de chinos, les han colocado donde están. Aquellos que creen que sus mujeres están mejor en casa que en cualquier sitio. Que los emigrantes, con sus trabajos de mierda, les quitan el pan de sus hijos mientras entran en un colegio del Opus Dei. Que la caza es de machos y que maricones y bolleras son una escoria de la sociedad. Todos esos nos han hecho involucionar hasta esos años grises que muchos de nosotros dejamos atrás, cuando bailábamos al son de la ronca voz de la Bruja Avería.

El proletario que se autoconvence de que no lo es, se convierte en el arma más poderosa para el que le confina en su estatus plebeyo y le condena a ser un simple espectador de la lujosa vida que proporciona un voto.

Gracias votantes de derechas por invitarnos a revivir medio siglo de oscuridad.

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