Viñeta Eneko – @EnekoHumor

Artículo de Beli – @Belentejuelas

 

Algo más del 12% del contenido de la red es pornografía.

La creación de la industria del porno está enfocada casi en su totalidad al espectador masculino, ya sea heterosexual, homosexual o lésbico.

El porno está tergiversando la sexualidad adolescente produciendo relaciones tóxicas y violentas basadas en la supremacía masculina, cuando las relaciones sexuales tienen una base fundamental: el consentimiento mutuo.

Durante toda la historia, el cuerpo femenino ha sido tratado de mil formas menos de la idónea.

Las propias actrices pornográficas cuentan experiencias traumáticas en los rodajes, escenas no pactadas o uso indebido de su cuerpo.

El negocio de la pornografía en internet es uno de los más lucrativos ya que mueve alrededor de 4.000 millones de euros al año. En 2017 las cifras de descarga de contenido pornográfico se estimaban en torno al 35%. Una cifra nada desdeñable para una forma de “entretenimiento” que tiene como objetivo principal, la utilización sistemática del cuerpo de las mujeres como objetos sexuales (y por desgracias de niñas y niños también).

Todos, aunque solo sea por curiosidad, hemos buscado algo de porno en internet o hemos visto una película descargada. Tengamos en cuenta que algo más del 12% del contenido de la red es pornografía. Hemos comprobado lo fácil que es llegar a escenas donde mujeres de todo tipo (rubias, morenas, con pechos grandes o pequeños, depiladas o no, blancas, negras o asiáticas, mayores, jóvenes, muy jóvenes o demasiado jóvenes) son penetradas oral, vaginal o analmente, incluso a veces, simultáneamente, con una simulación de placer.

La creación de la industria del porno está enfocada casi en su totalidad al espectador masculino, ya sea heterosexual, homosexual o lésbico. El porno se basa en la visualización de escenas donde un hombre, introduce su pene por todos los orificios posibles del cuerpo de una mujer, mientras ella, demuestra un exagerado placer a través de sus gestos, sus posturas, sus palabras o sus falsos gemidos. Esta clase de cine tiene un presupuesto muy bajo para guionistas ya que las tramas de las películas tienen una simpleza apabullante porque lo más importante son las imágenes. Cámaras pegadas a los órganos sexuales de los actores, transforman la actividad sexual en un juego embustero de falsos orgasmos.

Nadie puede pensar que los participantes están disfrutando. Sin embargo, para el consumidor (hablo en masculino porque son los hombres los que mayoritariamente consumen horas y horas de porno en internet) lo importante no es tanto el disfrute o si la relación es sana y compartida, como la cantidad de posibilidades penetratorias, las posturas imposibles y si cabe la carga de violencia en las actividades.
Hoy día, acceder a páginas de contenido porno, bien de pago o bien gratuito es tan fácil como abrir Google y escribir: ver porno. Ya está. Al click del ratón se abren cientos de webs, de películas, vídeos, fotografías, videojuegos, etc, sin ningún tipo de filtro salvo el que el espectador se ponga a sí mismo. El porno es más fácil de encontrar que un libro en la página de una biblioteca.

La accesibilidad del porno es tan abrumadora que las páginas saltan solas como ventanas emergentes en buscadores de cine comercial o de series. Y esa facilidad para visualizar pornografía ha llegado a manos de personitas que no están preparadas psicológicamente para lo que la red les devuelve. Cualquier chaval con un móvil con internet puede acceder a este contenido sin esfuerzo ninguno. Las webs les muestran mujeres hipersexualizadas, calificadas con términos como calentitas, mayorcitas excitadas, pivitas calientes y otras lindezas, pidiendo con voces sensuales que se les practiquen todo tipo de actos sexuales u ofreciéndose en posturas que muestras sus genitales de forma explícita. A veces, ni tan siquiera son mujeres reales, sino simples dibujos animados que les invitan a descargar contenidos que pueden dañar seriamente, el concepto de la sexualidad que tendrán en el futuro.

Los adultos (casi todos) sabemos que el porno es falso, que es una película de ficción y que los actores que participan han sido pagados para realizar esas escenas. Pero cuando el espectador es joven e inexperto en todos los ámbitos de la vida, estas imágenes le distorsionan la idea previa que puedan tener de la sexualidad.

Los jóvenes que aprenden técnicas sexuales a través de las pantallas de sus móviles o portátiles, intentarán replicarlas en la vida real con chicas reales. Buscaran practicar sexo pensando únicamente en su propia necesidad sin importarles lo que sus compañeras puedan sentir, porque no las verán como sus iguales sino como a las actrices que están esperando ser poseídas por el ansia de sus genitales. Esperaran las mismas respuestas y al no encontrarlas, sentirán frustración y su ego masculino, agrandado ya por su propia imaginación, se verá seriamente dañado incrementando la posibilidad de llevar a cabo actos violentos para conseguir sus fines. El rechazo de sus posibles parejas a mantener relaciones como las vistas en las películas, disminuirá su autoestima, imposibilitando mantener vínculos sanos y compartidos. Sus actitudes de pareja, se basarán en las personas como el conocido actor Nacho Vidal que ha reconocido públicamente haber realizado películas de sexo violento.

Cuando una pantalla de ordenador es tu escuela sexual, creces pensando que a las mujeres les gusta el sexo a cuatro patas mientras les azotas el culo o le tiras del pelo (palabras de mi amiga Pili). O que tu masculinidad se verá reforzada si persigues y acosas a una joven, rodeado de tus amigos y subes a las RRSS las imágenes del acoso, para ser vitoreado por otros que buscan lo mismo que tú. El porno está tergiversando la sexualidad adolescente produciendo relaciones tóxicas y violentas basadas en la supremacía masculina.

Las relaciones sexuales tienen una base fundamental. El consentimiento mutuo. Lo que ocurre entre dos seres humanos que deciden libremente mantener sexo solo les importa a ellos siempre y cuando las prácticas sean aceptadas con esa libertad por los dos. Provocar situaciones donde un miembro sufre, se siente abusado o anulado por los deseos del otro conduce a experiencias traumáticas que pueden marcar para siempre las relaciones posteriores.

Muchas veces se lee o se escucha que las feministas estamos en contra del porno porque fomenta la cultura de la violación. El porno es machista, eso es un hecho. La mayoría de las películas y contenidos muestran a un hombre dominante (no hace falta que sean BDSM) y a una mujer sumisa o al menos receptora de esa dominación. Sus miembros viriles se pasean por el cuerpo femenino con autoridad, con poder de la situación, como machos alfa que utilizan a su compañera, porque ésta está en el mundo para su disfrute. Las cámaras que están grabando enfocan el rostro femenino de forma constante, para incrementar el deseo del espectador y que eso les lleve a seguir consumiendo. Durante el tiempo que dura el film, el consumidor será bombardeado con imágenes de una sensual mujer que resiste con fingida satisfacción los envites de un hombretón al que prácticamente no se le ve la cara. Solo se puede ver su pene entrando y saliendo.

El porno llama mucho la atención y su enfoque hacia el lado masculino se basa en dos premisas:
Primera: dar por hecho que los hombres tienen necesidades y ansias sexuales mayores que las mujeres y eso es totalmente falso. Las mujeres tenemos deseo sexual igual que los hombres pero nuestra sexualidad ha sido siempre un tema intocable, bien por un gran desconocimiento de la naturaleza femenina o bien porque admitir nuestro deseo implicaría tener una sexualidad compartida y mucho menos egoísta. El placer femenino tradicionalmente se ha tratado como algo inexistente. De hecho hasta hace relativamente poco tiempo, se pensaba que la mujer tenía histerismo cuando lo único que le ocurría era insatisfacción sexual. De ahí que se le practicasen masajes pélvicos para calmar dicho mal.

Durante toda la historia, el cuerpo femenino ha sido tratado de mil formas menos de la idónea. “Expertos” de distintas disciplinas probaban teorías para demostrar que si una mujer no sentía placer manteniendo sexo con su marido de una forma tradicional y religiosamente aceptable, el problema era de ella. Nunca de un parejo que no sabía realmente lo que había entre las piernas de su esposa. Además una educación religiosa, que exigía de la mujer la sumisión a la voluptuosidad masculina sin satisfacción, pues lo único que se esperaba de ella era la procreación, fin último de las relaciones sexuales.

Segunda: la imagen de la mujer es de objeto sexual. No olvidemos que la industria del sexo es la que más cosifica el cuerpo femenino. Se nos ve como seres utilizables, con cuerpos especialmente creados para satisfacer el deseo sexual del hombre. De ahí que las actrices del porno muestren siempre unas ansias desmedidas por ser poseídas por su partener. A la mujer se le ha vendido además la idea de que el sexo es la culminación del amor romántico, intentando descartar el sexo como mero placer. Para nosotras, mantener sexo solo era válido si nuestra pareja era el amor de nuestra vida, al que nos entregábamos de forma voluntaria porque le confiábamos nuestro cuerpo como le habíamos entregado nuestro corazón. Falsísimo también. Las mujeres somos humanas y puede simplemente apetecernos practicar sexo con alguien por el simple hecho sexual, sin sentimientos de por medio.

Todos tenemos claro que vivimos en una sociedad con una importante carga violenta y donde los casos de violación y abuso son diarios y con cifras escalofriantes. El porno, toma de la sociedad las referencias para ofrecer a sus consumidores todo aquello que sean capaces de imaginar y reclamar. Un público que espera encontrar aquellos deseos que no podrá satisfacer, prácticas que nunca podría llevar a cabo o perversiones que su mente pueda crear. Hace años conocí a un hombre que en una conversación grupal, declaró sin tapujos que nunca violaría a una mujer pero que verlo le excitaría mucho. Ese es un consumidor de porno.

Porque cuando una persona se sienta frente a una pantalla y escribe en un buscador “porno violento” y abre una de las páginas que le surgen en la búsqueda, puede visualizar como uno o más hombres, de forma violenta, agresiva y explícita, simulan ante las cámaras como violan a una mujer. Es tan fácil como eso. Para escribir este artículo, yo personalmente he buscado en internet y aunque por mi propia salud mental no he sido capaz nada más que ver las cabeceras de los videos, he encontrado todo tipo de ejemplos. Adolescentes a las que varios hombres les eyaculaban encima, mujeres penetradas por dos hombres a la vez, persecuciones que terminaban con una violación en un espacio abandonado con una joven asustada ante lo que se le venía encima, manadas, golpes, llanos y dolor.

No voy a negar que me he asustado y he tardado varios días en volver a entrar en internet incluso para mirar vacaciones. Pensar que haya personas que busquen voluntariamente y contemplen desde sus sillones este tipo de prácticas por el placer de hacerlo, nos muestra una sociedad muchísimo más enferma de lo que creemos.

Las propias actrices pornográficas cuentan experiencias traumáticas en los rodajes, escenas no pactadas o uso indebido de su cuerpo (horas interminables de rodaje, condiciones poco higiénicas o no conocer los guiones antes de llegar al set). Dedicarse al porno profesionalmente no debería ser un deporte de riesgo y sin embargo en algunos lugares del mundo, la utilización del preservativo no es obligatoria o simplemente no se respetan las normas y controles sanitarios pactados.

La pornografía enseña unas relaciones insanas. Por mucha ambientación que se le pueda mostrar (hablamos del sexo básico) al final, la situación siempre conduce a la misma conclusión. Ver a dos personas practicando sexo no es tener sexo. Buscar una pareja y mantener con ella una relación, esporádica o no, en libertad, en igualdad y con la empatía suficiente como para buscar la satisfacción mutua, sí lo es.

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El porno mueve en internet alrededor de 4.000 millones de euros al año. No en vano, el 25% de las búsquedas en Google durante el 2017 son sobre porno y el 35% de las descargas tienen que ver con la pornografía.

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