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- Hoy Gila no podría hacer su monólogo de la guerra, porque el enemigo ya no usa armas... usa medios de comunicación. (Viñeta de Pat)

– Hoy Gila no podría hacer su monólogo de la guerra, porque el enemigo ya no usa armas… usa medios de comunicación. (Viñeta de Pat)

 

Viñeta de Pat – @loscalvitos

Artículo Pat Art. – @loscalvitos

 

Cuando Miguel Gila escribía desde su autoexilio cartas a España, disfrutaba poniendo siempre en el remite la palabra “República”, REPÚBLICA ARGENTINA, como homenaje a una república perdida y al mismo tiempo una venganza a la España en manos de una dictadura.

Hace unos días, el brillante Víctor Arrogante publicó un artículo sobre los recuerdos del parque de su niñez. Artículo que me ha servido de disparador para pensar en mi niñez en Argentina y recordar los lazos que empezaban a unirme a una España, a la que llegué con muchísimos más años.

Muchas tiendas de alimentación, que allí se llaman almacenes, estaban en manos de españoles, muchos de ellos, gallegos. No es casualidad que el padre de Manolito, de Mafalda, sea español y se apellide Goreiro. En la esquina de casa, había una panadería regenteada por un matrimonio andaluz. En la tele podíamos ver a Gaby, Fofó y Miliki, a la Familia Telerín, a Alberto Closas o a Narciso Ibáñez Menta. En los programas musicales y de entrentenimiento, a Joan Manuel Serrat, Lola Flores o Raphael. Tal era la cercanía, que recuerdo que en uno de los discos que grabaron en Argentina Gaby, Fofó y Miliki, uno de ellos imitaba el acento argentino, sorprendiendo al resto. Yo, a mis 6 o 7 años, no encontraba diferencia, no captaba que estaba hablando de manera diferente de lo que lo hacía habitualmente. Creo que eso es algo significativo. Las diferencias no nacen con nosotros, se aprenden.

Pero me quiero detener en un hombre que me hizo reír desde niño hasta la adultez: Miguel Gila. Su “que se ponga” es una música que a mí me huele a niñez. A una niñez de risas frente a la tele.

Todos conocemos de sobra su historia del fusilamiento en la Guerra Civil, pero de este lado del charco, es bastante menos conocido su exilio en Argentina. Lo relata en su libro Memorias de un exilio (Argentina mon amour). Allí vivió y trabajó durante 23 años, muchos de los cuales coincidieron con mi infancia.

En su libro hay relatos entrañables, como aquel en el que describe a los camareros de Buenos Aires:

Y a propósito de los camareros, hubo algo que me llamó la atención en Buenos Aires. A veces íbamos a comer veinte o veinticinco personas a un restaurante, y el camarero, o el mozo, como le llaman allí, una vez que nos habíamos sentado a la mesa, se cruzaba de brazos y preguntaba:

-¿Qué van a comer?

Cada uno de nosotros pedía un plato distinto, y aquel hombre, con los brazos cruzados, sin bloc ni lapicero en la oreja, no apuntaba nada. Se iba hasta donde estaban los cocineros, gritaba todo lo que le habíamos pedido, y cuando volvía traía todo. Y no solo eso, sino que delante de cada uno de nosotros ponía el plato con lo que habíamos solicitado sin equivocarse”.

También hay sitio para cosas menos agradables en su libro. Gila escapó de una dictadura y llegó a un país en el que le tocó vivir otras dos. Durante el siglo XX, la diferencia entre España y Argentina es que la primera sufrió una dictadura de casi 40 años, mientras la segunda, en algo más de 40 años, sufrió dictaduras intermitentes, intercaladas con períodos democráticos… o casi.

En ese piso de Juncal pudimos albergar a varios amigos que no habían tenido tiempo de emigrar y hacer de puente para que pudieran salir del país y encontrar la posibilidad de vivir y trabajar sin ser perseguidos, capturados, torturados, y acabar en una fosa común o lanzados desde los helicópteros de la Marina en estado inconsciente a las aguas del río de la Plata”.

Sí, Miguel Gila salvó vidas en Argentina. Y no solo eso, también ayudó a conseguir sus primeros trabajos en el exilio a varios actores, entre los que estaba Héctor Alterio. Por cierto, la hija de Gila nacida en Buenos Aires, como la de Alterio, se llama Malena, un nombre bien tanguero.

Pero me quería detener en otro tema que también trata en el libro y que está muy vigente en nuestros días. ¿Por qué a mí me parece tan surrealista que haya tanta gente que acepte la monarquía como forma de Estado? Argentina tiene muchas taras, vaya si las tiene, pero es una república, y yo me crie allí. Es lo que mamé desde niño. Los reyes, para mí, estaban solamente en los cuentos y, cuando me fui haciendo mayor, me enseñaron que un principio fundacional de la democracia era que todos los ciudadanos éramos libres e iguales. Parece que algunos se conforman con ser menos que otros por ley. Gila no era uno de ellos, y por eso luchó en el Ejército Republicano. En su libro, cuenta lo siguiente:

Esto que voy a comentar, puede parecer, ahora y en la distancia, algo ingenuo y puede que infantil, pero en aquellos momentos no me lo parecía. Cuando escribía a España, en el remite podía haber puesto ‘Argentina’ y basta, pero yo disfrutaba escribiendo la palabra “República” y de ahí que, siempre rematara con ese REPÚBLICA ARGENTINA, como homenaje a una república perdida y al mismo tiempo una venganza a la España en manos de una dictadura”.

Es verdad cuando se dice que la Constitución fue votada por los españoles, y que pese al inmovilismo para reformarla en ciertos puntos, se eligió en ella la forma de Estado. Como también es verdad que no se puede estar eligiendo la forma de Estado cada semana. Pero mucho más verdad es que después de conocerse el famoso vídeo en el que Adolfo Suárez confiesa que se jugó sucio para colar la monarquía, es inadmisible que no se convoque YA un referéndum. Hombre, que lo confesó Adolfo Suárez, todo un Presidente del Gobierno, no alguien que pasaba por allí.

 

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miguelgila.com

 

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