Viñeta de Lex – @LLexadas

Relato corto de El Capitán Carallo – @elcapitancarallo

 

Ya no podía soportarlo más. Los telediarios de esa semana habían vomitado tantos casos de corrupción que ese mismo sábado por la mañana había decidido hacer añicos el televisor de un martillazo. Porque, si había algo que le consumía aún más que la podredumbre política que embadurnaba el país, era la pasividad y conformismo de sus ciudadanos. ¿Cuánto más les tenían que robar, estafar, engañar y reírse en sus caras para que reaccionasen? ¿Cuándo iban a echarse todos a la calle a protestar y a defenderse de esta lacra? ¿Por qué algunos seguían votando a los mismos que les robaban?

Estaba perdiendo la fe en esta sociedad adormecida, incapaz de rebelarse contra quien le oprime el cuello y le saquea el bolsillo. Y llegado a ese punto, lo mejor era perder el contacto con esa realidad que le sacaba de quicio.

Había pasado la tarde leyendo una de esas novelas de aventuras que tanto le distraían. Ya era casi de noche, cuando un rumor lejano le hizo levantar la vista de las páginas. Se quedó quieto, en silencio, mirando el reflejo deformado de su silueta en la maltrecha y negra pantalla del televisor. Aguzó el oído y sintió cómo el murmullo crecía y crecía para convertirse en el inequívoco sonido de una gran turba enardecida. Con el corazón acelerado, se acercó a la ventana y al asomarse a través de las cortinas se le
humedecieron los ojos. No podía creer lo que estaba viendo. ¡Por fin! ¡La gente se había echado a la calle! Una multitud de personas silbaban, gritaban y alzaban las manos. ¡Era la revolución! ¡Había esperanza!

Con el pulso tembloroso y una sonrisa en la cara, descorrió las cortinas y abrió la ventana para disfrutar plenamente de aquel espectáculo de coraje y dignidad. En ese mismo momento, miles de voces entonaron al unísono el canto que explicaba su presencia:

—¡Campeooooneees, campeooooneeees, oooeee, oooeee, ooooeeee…!

Entonces tuvo la certeza de que la revolución jamás llegaría; no valía la pena condenarse por ello. Lo mejor que podía hacer era resignarse y unirse a aquella fiesta. Y así lo hizo, saltando de cabeza desde la ventana de su quinto piso…

En el preciso instante en que se estrellaba contra el suelo, despertó sobresaltado en su sillón preferido, el que estaba frente al televisor. ¡Vaya pesadilla más angustiosa! Gracias a Dios, la pantalla estaba intacta. Esa tarde retransmitían el partido de la Selección.

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