Artículo: Simone Renn – @SimoneRenn

Este discurso es un anexo al artículo: Clara Campoamor, tenaz, valiente y políticamente molesta, representa el feminismo, el voto de la mujer y la República.

El primer discurso realizado por una mujer en las Cortes españolas, fue llevado a cabo por Clara Campoamor el 1 de septiembre de 1931.

Clara Campoamor formó parte de la comisión en la que se redactó el borrador de la Constitución de 1931.

Destaco dos párrafos del discurso que me parecen excepcionales y os invito a leerlo entero 😉

Dejad que la mujer se manifieste como es, para conocerla y para juzgarla; respetad su derecho como ser humano.

Yo pienso y me enorgullezco de que en España, cuando tantas veces hemos rechazado el falso patriotismo, hoy reconocemos, cuando el patriotismo se asienta en nuestra verdad y no en las ficciones de enfrente, como sentimos la Patria y cómo la amamos. Yo me he regocijado pensando en que esta Constitución será, por su época y por su espíritu, la mejor, hasta ahora, de las que existen en el mundo civilizado, la más libre, la más avanzada, y he pensado también que ella será la continuación de aquel decreto del Gobierno provisional que a los quince días de venir la República hizo más justicia a la mujer que la hicieron veinte siglos de Monarquía.

El discurso

Ciudadanos diputados: Mucho vacilaba yo en elevar mi voz modesta en la Cámara, creyendo que mi deber estaba en intervenir tan sólo en momentos en que me fuera imposible dejar de hacerlo, y con este criterio me resistí el día anterior, cuando, en la veintinuava parte que de la labor de la Comisión me corresponde, sentía yo herido mi sentimiento al oír a D. Basilio Álvarez (Nota: era un sacerdote diputado) cómo acusaba al proyecto de Constitución de frialdad. Lo he sentido de nuevo hoy cuando se ha elevado una voz en esta Cámara para decirnos -quién sabe por qué reminiscencia, en el fondo, de tipo católico (Muy bien)- que la aportación de la mujer al Derecho político podría ser un peligro para la República, olvidando dos cosas…(El Sr. Álvarez Buylla:”No he dicho eso, señorita Campoamor; no la aportación, sino el voto.”) Aportación por medio del voto, si quiere el Sr. Buylla, y ya está claro. Olvidando, repito, primero, el principio democrático que aquí estamos obligados a implantar, sin distinciones aristocráticas de ninguna clase (Muy bien), si el principio ha de prevalecer, y olvidando también que una vez más se repite el hecho eterno de que cada hombre define a la mujer a su manera, como la ven, no como ella es, porque hasta ahora no fue juzgada por normas propias, y es preciso dejarla que se manifieste para que por sus hecho se la pueda juzgar (Muy bien)

Acusaba de frialdad al proyecto de Constitución D. Basilio Álvarez en su oración encendida; yo me indignaba, porque precisamente para mi, uno de los grandes valores del proyecto es su sentido de humanidad y su calor. Muchos artículos tiene el proyecto de la Constitución en los que esto va recogido. Es el primero aquel sobre el que se discutió tanto en la tarde anteayer y en la de hoy sobre la excepción de la pena de muerte. En la Comisión se ha llegado al criterio de abolir la pena de muerte y frente al principio, que alguien pudiera mantener (y ese alguien no importaría nunca, porque la Comisión es un todo orgánico), se ha declarado la excepción de aplicar la pena de muerte excepcionalmente y en tiempo de guerra; porque Sr. Álvarez, llevamos un artículo al proyecto de Constitución que pondrá a esta Constitución española a la cabeza de todas las extranjeras, porque abomina de la guerra como arma de política nacional, y si dejamos la pena de muerte en tiempo de guerra por muchísimas y muy justificadas razones y la primera de ellas, decir lo contrario sería mentir, porque la guerra es la ley de la muerte, vamos en otro de los artículos a abominar de la guerra, a maldecir de la guerra y, relacionándolo con el artículo 76, llegamos a sentar el principio de que el Presidente de la República no pueda firmar una declaración de guerra más que en casos de guerra justa y después de haber agotado todos los procedimientos pacifistas, a fin de evitar que pueda llegarse, según los pactos internacionales, a una de esas guerras llamadas de rapiña.

Se repitió el atauqe en la tarde de hoy, y precisamente por un miembro, ya lo decía el, de nuestra minoría, pero que hablaba en nombre propio, pues ya se ha oído en esta Cámara al representante de la minoría a que pertenezco. Se hacía de nuevo la misma acusación a la Comisión, y yo sentía otra vez heridos mis sentimientos, porque recordaba todo lo que hay de cálido en el proyecto. Recordaba que, además de esos artículos tenemos también el 7º que declara que España acata las normas universales del Derecho Internacional; es decir, que declara leyes suyas todo lo que internacionalmente se elabora en defensa del niño, en defensa de la igual de los sexos. Decidme si este artículo, y los que hasta ahora he ido citando, tienen o no calor de humanidad; si una Constitución que los contiene y que es, además, en el tiempo, la primera que los lleva en su letra y en su espíritu, merece ese dictado de frialdad de que se la acisaba en el salón, ante la indiferencia general de todos los señores diputados.

Tiene además la Constitución el artículo 21, en que también da pruebas de sentimientos cálidos al consignar el respeto en todos los casos a la nacionalidad, puesto que ni siquiera privamos de ella a la extranjera casada con español, principio que se ha de respetar para la española casada con extranjero, y que sólo por voluntad podrá declinarla o negarla; porque reputamos como una de las coss que más interesan a la ciudadanía el derecho de la nacionalidad, ese derecho que sigue al individuo como la sombra al cuerpo, según frase feliz de un tratadista. Y tenemos igualmente otro artículo en el proyecto de Constitución, el artículo 23, en que se dice que no será razón de privilegio el nacimiento, ni la clase social, ni la categoría, ni las creencias religiosas, ni las ideas, y hay algo que se ha olvidado, hay algo que traigo yo con la firma de otros compañeros de Comisión socialistas y radicales, algo que votará seguramente esta Cámara, porque sólo por olvido puede haberse escapado la indelicadeza que supondría que un cónclave de varones no dijera también que no puede ser motivo de privilegio el sexo.

Traemos también el artículo 44,en que se dice que la República asegurará a todo trabajador un medio digno y decoroso de existencia, y traemos además el artículo 41,ese artículo que encendía, en parte, las iras de D. Basilio Álvarez: el artículo 41 que nos habla de la igualdad de los sexos en el matrimonio, que nos habla del divorcio, de los hijos ilegítimos, de la protección que la República española rendirá a la infancia y a la maternidad.

¡Ah, el divorcio! ¿Y qué querellas y qué lamentaciones suscita en la Cámara, unas por el principio, otras por el desenvolvimiento! ¿El divorcio! Debe recordarse por todos aquella frase irónica de Montesquieu: “He visto matrimonios; buenos, muy pocos; deliciosos, ninguno!. Y bien, lo mismo la ley civil española que la ley canónica están hechas para matrimonios deliciosos. Y ahora le digo al Sr. Álvarez, como representante por su ropa talar de todos sus iguales que en la Cámara se sientan -y los sacerdotes tan bien o mejor que nosotros los abogados lo saben-, que hay una profunda piedad, que hay una profunda ternura en estatuir el divorcio en España, porque no hay matrimonios deliciosos, y es insensato querer condenar a la indisolubilidad del vínculo cuando no haya manera de que se soporten dos en la vida, arrastrando uno de los cónyuges, o tal vez los dos, el peso de esa cadena, a la manera como arrastraban antiguamente los presidiarios aquellas bolas de hierro que marcaban la perpetuidad de su pena. También os digo a vosotros que cuando os quejáis del ataque que suponéis contiene la Constitución para las ideas religiosas, y sobre todo del divorcio, y éste es el punto de vista en que os colocáis para combatirlo, olvidáis que podréis aspirar a que la población civil respete vuestras creencias (proteged el sacramento tanto como queráis, ¿quién va a negarlo?); pero a lo que no tenéis derecho es a imponer a todos vuestro criterio y vuestra voluntad. Ese fue siempre el error de la ley civil en España. Cuando en el proyecto de 1851 se discutió en esta Cámara el divorcio, que estuvo a punto de aprobarse, la ofensiva clerical lo impidió. ¿Por qué? Si teníais fe en la conciencia religiosa, si creíais que el sacramento había de primar sobre todo lo demás ¿qué os importaba que el proyecto de divorcio pasara al Cósidgo? (Muy bien. Aplausos) Pero yo os lo voy a decir con una frase dura, que la digo porque no es mía -que a mí no me gustan las frases duras-, sino del Sr. Comas, comentarista; Es que veíais que ibais a perder la clientela; es que el día en que se instaure el divorcio habrá, si acaso, un matrimonio canónico, el primero; pero no será esto lo que impida a las gentes negarse a ser esclavos de una ley trascendida universalmente y que no puede, en nombre de ningún derecho, condenar y sellar a u unión a muerte a dos personas que no pueden convivir. (plausos. Un señor diputado: “Eso es radical”, Otro señor diputado: “Lo otro es reaccionario).

Lleva el artículo 41 algo que conmueve las fibras de nuestra alma por muy deseado largo tiempo, que es la igualdad legal y económica de los hijos naturales y de los hijos legítimos. Acerca de estos hijos, el mismo Sr. Álvarez, que invocaba tantas veces la ternura, no podía alejar, porque está muy marcada en los cerebros la idea del pecado, y decía que hasta la idea del pecado se olvidaba cuando veía esta demostración de ternura. Éste es otro de vuestros errores, y sigo hablando a los diputados de ropa talar. Yo recuerdo siempre aquella leyenda de la iglesia de San Vicente, en San Sebastián, que dice”Según fueron padre y madre, hijos e hijas serán tales”. Por eso, con un sentimiento muy hondo, habláis vosotros del pecado, cuando el pecado será de los padres, y habláis de ilegitimidad, cuando los ilegítimos serán los padres. Los hijos, que son  inocentes, no tienen que responder ni deben responder del pecado ni de la ilegitimidad. Solamente por esa ancestral creencia de que los hijos han de heredar cuanto los padres fueron, moral y materialmente, no podéis, ni siquiera cuando vuestra ternura se elva, separar la idea del pecado de la paternidad. (Aplausos)

Decía, por último, el Sr. Álvarez, al combatir el divorcio que habíamos elevado a ley el histerismo. Padecía S.S. un ligero error cunado consideraba que el histerismo era nada más que femenino y olvidaba que el histerismo es tan femenino como masculino. (Risas. El Sr. Álvarez Rodríges: “No puede ser que l Dr. Marañón hable de eso”. Nuevas risas.) Es muy sencillo, Sr. Álvarez: si los libros de los tratadistas no le bastan a S.S., observe que hasta ahora son varones los que afirman haber visto a la Virgen en Ezquioga y en Guadamur. (Murmulllos.)

Y he aquí expuesta, con la síntesis que la lógica modestia corresponde, aquella parte que yo estimo cálida de la Constitución y que tan alejada está de la frialdad que S.S. nos reprochaba.

Yo quiero también decir que cuando he admirado tantas veces el impulso del arte, lo que España y el mundo deben a la Iglesia por todas esas obras imperecederas, que acaso no vuelvan a producirse más, porque eran el resultado de una fe, he pensado que os dejasteis arrebatar del alma la bandera más poderosa y que os hubiera hecho dueños del mundo, pues en vez de tratar de imponer y de cumplir la doctrina de Cristo, hicisteis como dice admirablemente Kéller, un pacto con el trono, y los pactos del altar con el trono, como él agrega, se han hecho siempre a beneficio del trono y con desdoro del altar. Esa bandera, que no recogisteis, de piedad, de sacrificio, de asistencia, no de caridad, es otra de las cosas humanitarias que hemos llevado al proyecto de constitución, que sustituye a la mal llamada caridad, en que se da lo que sobra, si se quiere, pero no se asiste con el deber pleno que es preciso. Esa bandera se ha clavado. Cuando tuvisteis el poder, vosotros pudisteis transformar al mundo. Si no lo habéis hecho, ¿Qué culpa nos alcanza a nosotros? Si no cumplisteis con el que debía ser vuestro mandato de conciencia y os aliasteis con los poderosos y servisteis de corte al trono, ¿cómo podéis quejaros ahora de que nosotros recojamos esa bandera olvidada y caída y tratemos de levantarla para instaurar de una vez lo que no es la caridad, lo que no es la piedad, sino lo que es deber de ternura hacia los hermanos en todos los órdenes y en todas las esferas?

(Aquí comienza la respuesta de Clara Campoamor al ataque que hace un compañero de su partido al voto de la mujer)

Ha turbado también mi espíritu esta tarde (y éste es el segundo aspecto) el ataque del Sr. Álvarez Buylla. No puedo entrar a ocuparme de algunos de los extremos del proyecto de Constitución que ha atacado, porque considero que es mi deber no comprender en esta intervención más que aquellos puntos que por una circunstancia especial yo reflejo; pero, cuando atacaba el voto, yo no pensaba más que en una cosa, y era que toda Constitución tiene mucho de reparación; toda Constitución es el triunfo que implanta el derecho de un sector o de una clase oprimida, desconocida, anulada.

Desde la mitad del siglo XVIII, en que el constitucionalismo lo que hace es alejar la fórmula para las reivindicaciones del tercer estamento, desde entonces, toda Constitución (más cuando obedece, como ésta, a un momento revolucionario), es una reparación; toda Constitución tiene un principio democrático, al que no puede sustraerse el legislador, y lo mismo que con el sufragio universal ante el cuarto estamento ya no hay clases, en el principio democrático puro tiene que reflejarse esta justicia que es siempre una Constitución; en el principio democrático, en el derecho constitucional, tiene que entrar la mujer que fue eximida del triunfo del tercer estamento, que fue apartada del triunfo del cuarto estamento. ¿Vais a crear un quinto grupo que tenga que luchar por su derecho dentro de un falso constitucionalismo democrático?

Había otras razones que me hubieran obligado a hablar de esto, siquiera levemente. Es que hay también votos particulares. Hay un voto particular, sobre todo, el que más ha herido mi sentimiento, porque viene de un grupo cuya posición es injustificable dentro del principio democrático, que propone una modificación al art.34, el derecho electoral para los varones. Si ese voto pasara, el primer artículo de la Constitutición podría decir que España es una República democrática y que todos sus poderes emanan del pueblo; para mi, para la mujer, para los hombres que estiman el principio democrático como obligatorio, ese artículo no diría más que una cosa: España es una República aristocrática, de privilegio masculino. Todos sus derechos emanan exclusivamente del hombre (Muy bien.)

Para contestar al Sr. Buyila brevemente y para anunciar mi posición frente a ese voto, es para lo que pronunciado estas palabras. La teoría democrática es que el representante sea la figura exacta del representado. Desde el punto de vista del principio, yo ofendería a la Cámara extendiéndome más; pero vayamos a las razones que puedan existir en el fondo de los argumento del Sr. Buylla y en el fondo de los argumentos del voto particular.

¡Ah! es, se dice, el peligro del voto de la mujer, que puede dar el triunfo a la Iglesia. Yo les diría a estos seudoliberales (Un señor diputado pide la palabra.) que debieron tener más cuidado cuando durante el siglo XIX dejaban que sus mujeres frecuentaran el confesionario y que sus hijos poblaran los colegios de monjas y frailes. (Aplausos.) Pero, además, les digo que eso no es cierto, porque basta examinar las opiniones de diversos hombres, tratadistas o no, para ver que cada uno da la interpretación que le parece al voto de la mujer. Ya es Barthelemy cuando nos dice que la mujer votará exactamente igual que el marido; ya es Inglaterra, demostrándonos que la mujer vota con los laboristas; ya es el Sr. Osorio y Gallardo, cuando nos decía en su voto particular del anteproyecto, que el voto de la mujer casada llevaría la perturbación a los hogares. Poneos de acuerdo, señores, antes de definir de una vez a favor de quién va a votar la mujer; pero no condicionéis su voto con esperanza de que lo emita a favor vuestro. Ese no es el principio.Pero, además, pónganse de acuerdo los que dicen que votará con la derecha con los que dicen que votará con la izquierda; pónganse de acuerdo los que dicen que votará con el marido con los que dicen que llevará la perturbación a los hogares. Señores, como ha dicho hace mucho tiempo Stuart Mill, la desgracia de la mujer es que no ha sido juzgada por normas propias, tiene que ser siempre juzgada por normas varoniles, mientras no entre abiertamente por el camino del Derecho, y cuando llega a última instancia, todavía tiene que ser juzgada por su definidor.

Dejad que la mujer se manifieste como es, para conocerla y para juzgarla; respetad su derecho como ser humano; pensad que una Constituciones también una transacción entre las tradiciones políticas de un país y el derecho constituyente, y si el derecho constituyente, como norma jurídica de los pueblos civilizados, cada día se aproxima más al concepto de la libertad, no nos invoquéis el trasnochado principio aristotélico de la desigualdad de los seres desiguales; todavía no nos habéis demosstrado que podéis definir la desigualdad, porque con esa teoría se llegó en los tiempos a decir que había hombres libres y que había hombres esclavos. Recordad, además, la afirmación de Hegel cuando dice que toda la Historia es un devenir hacia la conciencia liberal y cuando nos dice también que Oriente, supo que era libre uno, que Grecia y Roma supieron que lo eran unos pocos, pero que sólo nosotros sabemos que lo somos todos. El hombre específicamente es libre, y en un principio democrático no puede ser establecida una escala de derechos, ni una escala de intereses, ni una escala de actuaciones. Dejad, además, a la mujer que actúe en Derecho, que será la única forma de que se eduque en él, fueren cuales fueren los tropiezos y vacilaciones que en principio tuviere.

Y, por último, perdonad, señores diputados, que os haya molestado con esta digresión. Era mi deber. Momentos habrá cuando se discutan los votos particulares, en que yo, cumpliendo este mismo deber, eleve aquí mi voz.

Sólo voya a haceros un pequeño recuerdo. Esta historia de la lucha de los sexos es tan vieja como el mundo. Mi espíritu se regocijaba días pasados cuando por pura casualidad caía en mis manos una demostración d que no estamos discutiendo, ni hoy ni hace años, nada nuevo. Es aquella vieja leyenda hebraica del Talmud que nos dice que no fue Eva la primera mujer de Adán, que la primera mujer dada a Adán era Lilith, que s resistió a acatar la voluntad exclusiva del varón y prefirió volver a la nada, a los alvéolos de la tierra; y entonces, en la esplendidez del Paraíso, surgió Eva, astuta y dócil para la sumisión de la carne y del espíritu. De las diecisiete Constituciones dadas después de la guerra, tan sólo Rumanía, Yugoeslavia, Grecia y Turquía niegan o aplazan el voto de la mujer; todas las demás lo reconocen; es Turquía aquella que está mas en paralelismo con ese voto particular. Es que los hombres de esos países, en esas Constituciones, han reconocido ya que no ganó nada Adán con ligarse, en vez de a la mujer independiente, de voluntad propia y de espíritu amplio, a la Eva claudicante, astuta y sutil para la sumisión de la carne y del espíritu.

Pero además, y para terminar, hay algo que me importa mucho más en esto. Yo hago un distingo preciso entre mi sentimiento ciudadano y el sentimiento de sexo, ambos potentes y poderosos, pero el primero acaso más. Yo pienso y me enorgullezco de que en España, cuando tantas veces hemos rechazado el falso patriotismo, hoy reconocemos, cuando el patriotismo se asienta en nuestra verdad y no en las ficciones de enfrente, como sentimos la Patria y cómo la amamos. Yo me he regocijado pensando en que esta Constitución será, por su época y por su espíritu, la mejor, hasta ahora, de las que existen en el mundo civilizado, la más libre, la más avanzada, y he pensado también que ella será la continuación de aquel decreto del Gobierno provisional que a los quince días de venir la República hizo más justicia a la mujer que la hicieron veinte siglos de Monarquía. Pienso que es el primer país latino en que el derecho de la mujer va a ser reconocido, en que puede levantarse en una Cámara latina la voz de una mujer, una voz modesta como ella, pero que nos quiere traer las auras de la verdad, y eme enorgullezco con la idea de que sea mi España  la que alce esa bandera de liberación de la mujer, la que diga a los países latinos, a los únicos que se resisten, acaso por ese atavismo católico de que hablaba antes; que diga a los países latinos cuál es el rumbo que debe seguir la latinidad, que no es algo ajeno ni extraño a todos los demás países. Y yo digo, señores legisladores; no dejéis que ese airón latino caiga en el barro o en el polvo de la indiferencia, no dejéis que sea otra nación latina la que pueda poner a la cabeza de su Constitución, en días próximos , la liberación de la mujer, vuestra compañera. (Grandes aplausos.)

Actualización 01-09-2018

Concepción Loring, primera mujer política en dar un discurso en las Cortes, durante la dictadura de Primo de Rivera

Durante la dictadura de Miguel Primo de Rivera que tuvo lugar desde el golpe de estado del 13 de septiembre de 1923, con el beneplácito de Alfonso XII, hasta el 28 de enero de 1930 con la huida del dictador, hubo intención de incorporar a las mujeres al panorama político.

Será en la Asamblea Nacional (1927-1929), en la etapa del Directorio Civil de Primo de Rivera, cuando varias mujeres accedan a la representación nacional, ocupando escaños en el hemiciclo.

Las bases para la convocatoria de la Asamblea se establecieron por el Real Decreto Ley de 12 de septiembre de 1927, cuyo artículo 15 decía que “a ella podrán pertenecer, indistintamente, varones y hembras, solteras, viudas o casadas, éstas debidamente autorizadas por sus maridos y siempre que los mismos no pertenezcan a la Asamblea […]. Su designación se hará nominalmente y de Real orden de la Presidencia, acordada en Consejo de Ministros antes del 6 de octubre próximo”.

Primo de Rivera sustituyó la primeriza Junta Militar por un Directorio Civil, y así tuvo lugar la constitución de la Asamblea Nacional, formada por 429 personas, y cuya misión principal debería ser la redacción de una nueva Constitución para España.

En el transcurso de su funcionamiento la Asamblea Nacional elaboró un proyecto de Constitución que, de haber llegado a aprobarse, habría significado un gran paso para las mujeres, pues su artículo 55 preveía el voto integral para todos los españoles sin distinción de sexos.

En la relación de las personas que formaban la Asamblea Nacional figuraban quince mujeres, dos de ellas seleccionadas como representantes del Estado y el resto en función de sus propios méritos y como representantes de diversas «actividades de la vida nacional». Entre ellas María de Maeztu (ya entonces directora de la Residencia de Señoritas), Carmen Cuesta (doctora en Derecho) o Blanca de los Ríos (escritora), María de Echarri (inspectora de trabajo y dirigente de Acción Católica), Natividad Domínguez (de la Asociación para la Enseñanza de la Mujer), María Dolores Perales y González Bravo (concejala del Ayuntamiento de Madrid), Trinidad von Scholtz – Hermensdorff, duquesa viuda de Parcent, en representación del Estado, como Dama de la Reina o Concepción Loring Heredia.

De las 15 mujeres elegidas por la Dictadura, dos renunciaron a formar parte: Dolores Cebrián y Fernández de Villegas (esposa de Julián Besteiro) ni Esperanza García de Torre (mujer de Torcuato Luca de Tena, fundador de ABC) llegaron a ser asambleístas.

Si Clara Campoamor fue la primera mujer política elegida en democracia en dar un discurso en las Cortes españolas, corresponde a la política Concepción Loring, marquesa viuda de La Rambla, en dar el primer discurso en esta cámara.

El discurso de la parlamentaria que tuvo lugar el 23 de noviembre de 1927, versó sobre un tema bien diferente al de Clara Campoamor, pues Concepción Loring interpeló al entonces ministro de Instrucción Pública y Bellas Artes, Eduardo Callejo de la Cuesta, para lamentarse del «menosprecio» con que estaba siendo tratada la asignatura de Religión en el nuevo plan de estudios de segunda enseñanza, ya que no sólo era voluntaria, sino que además «no establece más obligación que la asistencia a Cátedra».

 

Ver más

Wikipedia. Clara Campoamor 

Wikipedia. Concepción Loring

laopiniondemalaga.es Una mujer para la historia. Concepción Loring Heredia fue la primera mujer que intervino en el Congreso

Wikipedia. Dictadura de Miguel Primo de Rivera

congreso.es Documentos Elecciones 12 de septiembre de 1927

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Clara Campoamor, tenaz, valiente y políticamente molesta, representa el feminismo, el voto de la mujer y la República.

 

Discurso de Clara Campoamor del 1 de octubre de 1931 en favor del derecho del voto de la mujer

 

Fuente

Clara Campoamor. El voto femenino y yo. Mi pecado mortal.

Biblioteca Nacional. Clara Campoamor la primera mujer que habla en las Cortes.

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