Ilustración Ramón Nzé Esono, JamónyQueso – Instagram @jamonyqueso89

Artículo de Beli – @Belentejuelas

 

Ser mujer en el mundo es más peligroso que cualquier deporte de riesgo.

La situación va desde países donde se reconocen ciertos derechos y libertades hasta donde las mujeres no son más que piedras o seres invisibles.

Feminismo global no es solo una frase hecha.

Cuando una mujer se levanta por la mañana para realizar su actividad diaria, sabe que cada paso que da, está condicionado por el hecho de ser una mujer. Nuestra existencia no se desarrolla, en la mayoría de los países del mundo en igualdad de condiciones que la de nuestros compañeros hombres.

En los países más ricos y poderosos, las mujeres hemos ido logrando, a base de luchas y protestas, de muerte y denuncias, de sangre y presión, un nivel de igualdad impensable en otras partes del globo. Incluso así, los datos sobre el impacto en la vida y la salud de las mujeres directamente relacionados con la violencia que se ejerce sobre nosotras, son escalofriantes.

La violencia machista y el feminicio son la cúspide de una pirámide que empieza con los conocidos y erróneamente denominados micromachismos. El machismo no es micro nunca. La sexualización del cuerpo femenino; la consideración que nuestro carácter está condicionado por la menstruación o la menopausia; la exigencia de la belleza, la dulzura o el cuidado como algo genético; cobrar menos; tener menos oportunidades laborales; menos ascensos; la necesidad de ir demostrando lo que a nadie se le pide; que la maternidad es un deseo inalienable o dar por hecho que vamos a dejar todo por amor a nuestra pareja o nuestros hijos; son conceptos interiorizados por la mayoría de la sociedad y erradicarlos está costando una vida.

Pero si todas esas cosas ocurren en el primer mundo, donde la estabilidad económica está garantizada para un porcentaje importante de la población y donde los derechos están firmemente asentados, al otro lado del mundo no ocurre lo mismo. En el resto del planeta, la situación va desde países donde se reconocen ciertos derechos y libertades hasta donde las mujeres no son más que piedras o seres invisibles.

Las mujeres suponemos el 49.5% de la población mundial, es decir, algo más de tres mil setecientos millones de personas. No todas vivimos en la UE, Canadá, Australia, Nueva Zelanda, EEUU o Japón. Y aunque vivir en estos países no nos libra de la lacra machista y violenta, la gran masa de mujeres habita en otros países. En muchos de ellos, no se las considera ciudadanos, no solo de primera categoría sino de ninguna y su marginación, alentada y programada por las instituciones, es camuflada bajo el ligero manto de la tradición, la cultura o la religión.

Hace poco hemos leído en todos los medios, la condena a tres mujeres iraníes por salir a la calle sin velo. El velo islámico es una exigencia en los países árabes que no está recogida en ningún capítulo del Corán. Sin embargo, la obligatoriedad de cubrir por pudor el cuerpo femenino se ha establecido de tal forma, que su ausencia conlleva penas de prisión. Algunas activistas se están rapando la cabeza, desafiando al poder de sus países para luchar contra una estigmatización de su cuerpos y su presencia en la sociedad. En otros países, las mujeres no lucen un velo sino verdaderas cárceles de tela donde tienen que esconderse de las miradas de los hombres, como si su sola existencia las hiciera impuras. Chador, burka, niqab, al-amira, hiyab o shayla son los nombres con los que se designan las distintas formas de esconder a las mujeres.

La infibulación del clítoris, considerado desde cualquier punto como una auténtica aberración, sigue siendo una práctica realizada para la mutilación de los genitales femeninos en una búsqueda de la insatisfacción sexual para evitar la infidelidad, como ejemplo de la marginación de las mujeres ante un hecho completamente natural y biológico. Se considera que todavía hoy se lleva a cabo de forma habitual en más de 28 países del mundo. Las consecuencias sanitarias son fístulas, hemorragias, quistes, infecciones, pudiendo llegar incluso a la muerte. Sin contar con la tristeza generalizada de una vida sin placer sexual.

El planchado de los senos para evitar las violaciones implica que en países como Camerún, madres e hijas, planchen periódicamente sus pechos con un palo incandescente. No es solo que la práctica sea insana y peligrosa sino que obliga a las mujeres a mutilar su cuerpo ya que se considera que se las viola por culpa suya. La víctima nunca es la culpable de una violación.

Pies vendados en China para la satisfacción de un hombre al que le gustan las mujeres de pies pequeños, embadurnamiento con las heces de los animales para dar significado a la triste y desagradable vida que llevarán las mujeres casadas en Kenia o Tanzania (donde se permite el sexo con las niñas ya que no son fértiles todavía). Casas de engorde en Mauritania, mujeres jirafas o lapidaciones por infidelidad, matrimonios infantiles, están tipificadas como costumbres y esa clasificación como rasgo cultural sigue manteniendo a las mujeres en situación de desventaja social y vital con respecto a los hombres.
Algunos pensarán al leer este artículo que estoy refiriéndome a prácticas de países sin desarrollo, anclados en siglos pasados donde el raciocinio no forma parte de la vida, donde la sociedad está poco avanzada. Pero ocurre en una enorme cantidad de países del mundo e incluso en los más avanzados. Sin embargo, estas tradiciones humanas tienen un significado mucho más trascendental que el solo hecho de la costumbre. Son directamente mantenidas y ejecutadas por varones que disfrazan su machismo y la segregación femenina, para seguir manteniendo el poder y el control de las féminas en todos los ámbitos de la vida.

Los datos sobre violencia machista en muchos países del mundo son prácticamente imposibles de cuantificar porque ni tan siquiera se lleva un control. En la propia Europa las normativas son tan distintas y tan dispares que incluso su denominación es distinta y su control judicial también. Rusia, por ejemplo, despenalizó la violencia machista y una mujer no puede conseguir ni una orden de alejamiento. Se castiga al maltratador con multas económicas como si fueran infracciones de tráfico pero eso sí, una mujer es asesinada cada 40 minutos y Vladimir Putin defendió el cambio de la norma ante la injerencia de la justicia en la vida familiar. ¿Quién presionó a los estamentos para ese cambio de norma? ¿Las mujeres? Todos sabemos que no.

Las mexicanas fueron acusadas de violentas, de generar disturbios y problemas de seguridad ciudadana, cuando hartas de ver morir a sus compatriotas todos los días; recordemos que los datos de violencia machista de ese país ponen los pelos como escarpias; salieron a la calle a exigir sus derechos tras la violación de una joven a manos de cuatro policías. Considerar violenta una manifestación de mujeres es infame cuando en México se registran cifras (las oficiales, las reales son otra cosa distinta) de al menos tres feminicios al día.

Brasil, Honduras o El Salvador en América Latina, los países del Este de Europa, donde el 70% de las mujeres admiten haber sido víctimas de abusos sexuales, son cifras que no deberían dejar impasible a nadie. Y aun así, la indiferencia existe. Los gobiernos e instituciones de más de la mitad del mundo, giran la cabeza, ignorando un problema sistemático e interiorizado como si no existiera.

Ser mujer en el mundo es más peligroso que cualquier deporte de riesgo.

La vida de miles de millones de mujeres está manipulada, controlada y perseguida por el hecho de serlo. Sus cuerpos son mutilados, modificados o destruidos por voluntad de unos hombres que justifican su violencia descontrolada sobre ellas por sus condiciones sexuales, que son tomadas como provocación natural ante la imposibilidad masculina de controlar su propias necesidades vitales y exigencias sexuales dominantes.

El feminismo, desde las tribunas a su alcance, denuncia todos los días, las infinitas injusticias, asesinatos, violaciones, abusos y maltratos a lo que las mujeres del planeta son sometidas por el mero hecho de ser una mujer. Cuando las voces de los machistas hacen comparaciones o alegatos ridículos como los accidentes laborales o asesinatos de hombres (causados mayoritariamente por otros hombres), los suicidios masculinos (al fin y al cabo, es una decisión personal que uno toma sobre su propia vida), las denuncias falsas (solo en los países donde se contabilizan y que nunca alcanzan números suficientes para tener en cuenta salvo para admitir su inexistencia), la tergiversación de las violaciones convirtiéndolas en hechos relacionados con las políticas y movimientos migratorios, las mentiras de una prostitución elegida voluntariamente o la justificación del uso del útero como fábrica, las feministas levantamos la voz para intentar explicar que las comparaciones son odiosas y que no hay ninguna acción humana tan destructiva y extendida en este planeta como la violencia que se ejerce sobre la mujer.

Feminismo global no es solo una frase hecha. Es la voz de millones de mujeres, que al unísono, exigen derechos e igualdad por todas las que ya no pueden gritar y por las que se han quedado roncas de tanto hacerlo.

No podemos cambiar este mundo solo denunciando. Hay que hacer más. Hay que educar más. Hay que lograr que las cerradas mentes de los millones de hombres que pueblan este planeta, se abran y vean una realidad que es palpable con todos los sentidos. Hay que lograr políticas efectivas que transformen seria y profundamente la sociedad global. Hay que conseguir una implicación real de las mujeres. Hay que cambiar un mundo que condiciona la existencia entera de seres humanos nacidos libres, pero que no lo son por el cerco machista que les rodea.

Ser mujer supone un riesgo vital que no podemos obviar.

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Viñeta

«Ser mujer es un riesgo Ilustración» Viñeta JamonyQueso Artículo Beli

Viñeta de JamónyQueso (*)

Libros de Belén Moreno

"El espejo" de Belén Moreno

El Espejo

En 1935 Leonor llega a un pequeño pueblo de Segovia para ser maestra. Lleva consigo sus libros, su ilusión y su ideología. Los acontecimientos se desbordarán irremediablemente para ella y para los demás vecinos del pueblo. Conocerá a las personas que sin quererlo ella serán decisivas para el resto de su vida. El amor, la política, el rencor, la envidia y el horror de una guerra, tomarán las riendas de la vida de todos los habitantes de Hornillos de la Sierra. Incluidas las de las generaciones futuras.

Las maestras republicanas intentaron llevar la luz de la cultura y la educación a todos los rincones más escondidos de nuestro país. Esta novela está escrita por su memoria, que no podemos olvidar; por su esfuerzo, que jamás será recompensado y por su ilusión, que es el motor de la docencia.

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