- Si pretendes gustarle a todo el mundo, terminarás odiándote. (Viñeta de Nani)

– Si pretendes gustarle a todo el mundo, terminarás odiándote.

 

Viñeta de Nani – @naniopina

Artículo Francisca García Algarra – @yott17

 

Una de las formas de mayor violencia tácita, es exigirle a alguien que sea perfecto.

Conceptual y estructuralmente, ese requerimiento es un afilado puñal que los sistemas heteropatriarcales han utilizado y utilizan para someter a las mujeres.

El ínclito premio es “gustar a los hombres”, aunque apenas visible y en letra muy pequeña, tiene un reverso de condiciones que así dice: “lo pagarás caminando en círculos y espejismos, con constantes sacrificios, cegueras mentales, renuncias y autotorturas varias”.

Las exigencias, a sabiendas de que es imposible cumplirlas porque están fuera de la realidad, son hechas para crear una continua frustración debilitante que facilita la sumisión.

Los perdedores son blanco fácil para manipularles con peticiones irracionales.

Ahora bien, esos inciertos caminos están sembrados de poderosos y embusteros remedios mágicos, con el fin de continuar engañándose y entreteniéndose mientras llega la muerte.

Si te “sobran” kilos, nada como la última dieta milagrosa que, aunque cara, te hará encontrar, por fin, el amor de tu vida.

También, claro, hallarás la anorexia, la bulimia…

Combinada con unos cuantos ejercicios paranormales que esculpan ese cuerpo tan imperfecto y equivocado, te harán feliz como una perdiz.

Da igual si estás en la adolescencia o en plena crisis menopausica, no tienes el cuerpo que debes, estúpida.

Si tus pechos son “demasiado” grandes o pequeños, eres un error de la naturaleza, debes operarte con premura para tenerlos como esa actriz de aquella película, la realidad tiene que ser como la ficción

( ¿o era al revés? ), qué más da, si te los tocan y no sientes nada.

Obviamente, no te permitas envejecer, qué vulgaridad, úntate todo tipo de afeites hechizados, para que cuando el espejo te devuelva las primeras arrugas y flacideces, no sufras un ataque de pánico.

Si estás hasta el mismísimo de tanto estrés, estámpate en ese rostro incorrecto, una ampolla que tense tu piel hasta parecer algo entre zombi y asiática.

Tú verás, pero en la cena de esta noche, debes lucir estupenda y estar muy pendiente de la opinión de los demás.

Otra cosita, que no tengas expresión en la cara no es importante, nadie se va a fijar en eso; plánchatela con paralizantes.

Hay que estar muy atenta a los colores y largos de ropa que se llevan esta temporada, olvida tus gustos personales, a quién le importan.

Por supuesto, tienes que usar tacones vertiginosos, siempre de la marca “me torturo”, que para estar guapa hay que sufrir. Despreocúpate de las hernias discales que tendrás, no seas superficial, bonita.

Desprecia con vehemencia tu cuerpo.

Cosifícate, en fin, olvida quién eres, si alguna vez lo supiste; lo verdaderamente esencial es atraer las miradas masculinas, esas que hacen que te sientas una “mujer de verdad”.

Más tarde, cuando a través de los años, una noche seas presa inevitable del devenir, quizá pienses que has vivido una vida que no era la tuya y, borrosamente, sientas un vacío profundo y sordo.

Como un hueco tejido en la distancia y la soledad.

Mas de ti sólo sabrás tu nombre.

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BAHIA DE UN CUERPO - FRANCISCA GARCIA ALGARRA - 3Bahía de un cuerpo

Francisca García Algarra.

En las templadas orillas de los cuerpos, de cada cuerpo, tienen su morada los deseos.

Es un espacio invisible y luminoso, donde se despierta de un sueño; donde el propio sueño es el único camino para llegar hasta él.

Un cuerpo se olvida en otro, por ello no existe mayor esperanza que la de olvidar.

Cuerpos anhelados, distantes, indiferentes; anudando día tras día su núbil consistencia, su momentánea eternidad.

Sueñan la verdad que más tarde no recuerdan.

La vida entera agotarán después buscándola.

Conscientes en ocasiones de su inconsciencia, repetirán una y otra vez los signos que les devuelvan al primer hechizo, el don de ser.

Somos el cuerpo que pensamos, y el que sin pensar, en la ráfaga de un instante dejamos de ser.

La única guarida que nos cobija, el único abandono que podemos evitar.

El tiempo procede de un cuerpo, y en él se agota.

Allí, donde el corazón tiembla, llora y ríe; fin y principio de su provisionalidad.

 

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**Sobre derechos de reproducción de las viñetas y el texto del artículo.