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Viñeta de Artsenal – @ARTSENALJH

Artículo de Beli – @Belentejuelas

 

Hemos olvidado que viajar tiene un coste para nuestra casa. La casa de todos. Nuestro planeta Tierra, al que le estamos pagando con nuestro desprecio y desdén.

Las energías alternativas y menos contaminantes nos permiten mover trenes distancias tan grandes como un avión, medio que contamina mucho más.

Recuperemos el disfrute por el viaje 😉

Me he tomado la libertad de robarle el título a Antonio Orejudo, no para hablar de psiquiatría sino de viajes. En el tiempo que nos ha tocado vivir, como decía Gandalf, viajar se ha convertido en una forma de entender la vida. Hoy, quién más o quién menos, compite con sus compañeros de trabajo o de universidad, sin acritud por supuesto, para saber a cuántos sitios hemos ido y cuántos viajes hemos realizado.

Montarse en un avión es tan natural como coger un taxi. Miles de páginas de internet ofrecen al usuario la posibilidad de recorrer el mundo en poco tiempo y por poco dinero. Hay personas que por su actividad laboral prácticamente viven en un aeropuerto como les pasaba a George Clooney y a Anna Kendrick en “Up in the air”. Ejecutivas y ejecutivos del mundo entero tienen reuniones a miles de distancia de su lugar de origen, pero eso no es inconveniente, ya que siempre habrá un avión dispuesto para llevarles al lugar más recóndito del mundo. ¡Quién no se ha tomado el desayuno en casa y la cena en Singapur!

Pero hemos olvidado que viajar tiene un coste. Uno muy grande y no me refiero a nuestros bolsillos o las cuentas corrientes de nuestras empresas. Tiene un coste para nuestra casa. La casa de todos. Esa donde construimos nuestra vida en ese casi inapreciable espacio de tiempo que cada humano está vivo. Nuestra existencia es un grano de arena en una playa y sin embargo nuestro paso por la vida, deja una estela que tarda mucho tiempo en desaparecer.

Un avión contamina en un vuelo de Madrid a Nueva York el equivalente a 3.500 coches. Es a día de hoy el medio de transporte más contaminante que existe. El gasto en combustible es tan enorme que no podemos hacernos una idea de la cantidad de emisiones que dejamos en nuestra atmósfera cada día teniendo en cuenta el número de vuelos diarios que pasean por el cielo en una única jornada.

Las aerolíneas están exentas de pagar impuestos sobre el queroseno desde la friolera de 1944. Eso supone no solo una inmensa cantidad de dinero que no se recoge y que se podría usar para millones de cosas super importantes, sino que fomenta los vuelos low cost que están haciendo del avión el autobús del cielo. Si se recaudasen los impuestos que las aerolíneas debieran pagar por su alto valor contaminante quizá ir a Londres, a Roma o a Berlín no sería más económico que un tren a Málaga.

Los que tenemos cierta edad, recordamos un mundo donde no comíamos naranjas en agosto ni melones en enero. Y no hemos padecido ningún síndrome de abstinencia ni nada parecido. Vivíamos tranquilamente consumiendo productos de temporada y de comercio próximo. Hoy es impensable llegar a un supermercado en cualquier época del año y que no haya el producto que se nos cubra una necesidad inventada por la sociedad capitalista, que permite tener todo cuando lo queramos.

Otra de las causas de la cantidad de aviones que movemos es la naturaleza misma del capitalismo. Consumir. Tener todo lo que se nos antoje sea necesario o no. Hoy me compro un móvil fabricado en Taiwan y mañana ya estoy enviando mensajes desde él. Ropa, tecnología o alimentos, se mueven por todo el planeta a la velocidad que el consumidor precise.

Aviones y barcos, contaminando el aire y el mar; imprescindibles para la supervivencia de los seres; atraviesan de un lado a otro el globo, para saciar infinidad de deseos que hemos convertido en necesidades. Los deseos no son derechos. Eso es algo que se puede aplicar a muchas acciones humanas y consumir desenfrenadamente, es una de ellas.

Nuestro planeta está pidiendo a gritos que cambiemos radicalmente nuestra forma de vida o no podrá soportar mucho más. Los astronautas han hablado siempre de la hermosura de la Tierra cuando se ve desde el espacio, pero si nuestra conducta consumista y capitalista no cambia, en muy poco tiempo, la belleza de nuestro planeta desaparecerá. La Tierra ya no será el planeta azul sino el gris. No habrá mares que coloreen la superficie terrestre, solo desolación y desiertos.

Cada día se producen más desastres naturales porque la naturaleza está sufriendo. Lluvias torrenciales, terremotos, incendios y desertización son las pedidas de auxilio de un lugar que nos ha refugiado durante miles de años y al que le estamos pagando con nuestro desprecio y desdén.

No hablo de dejar de viajar ni que los medios de transporte sean la única y exclusiva causa de nuestro desastre inminente. Pero sí que podemos recuperar otras formas de movernos por el globo sin dejar una huella de muerte a nuestro paso. La tecnología nos ha permitido crear otras alternativas que, aunque menos vistosas o rápidas, si mucho más eficaces y menos contaminantes.

El ser humano es destructor por sistema. Nuestra forma de entender el progreso ha pasado durante estos veinte siglos y diecinueve años por pensar en exclusividad en nuestro propio ombligo, olvidando que muchos de los que pueblan el planeta, pagaran las consecuencias de la forma de vida de los países ricos sin haber hecho nada para merecerlo. Animales, plantas, ecosistemas en general y muchos humanos, están hoy condicionados por la contaminación que se produce en una parte del mundo.

Los combustibles fósiles se acabarán. Entonces, tendremos que idear otras formas de transportar personas y mercancías. Pero es que ya existen esas formas. Las energías alternativas y de origen menos contaminante nos permiten mover trenes hasta distancias tan grandes como un avión.

Ir a París en tren desde Madrid puede tardar unas 15 horas. Es un viaje largo nadie lo discute. Pero si lo hacemos de noche, más de la mitad podremos hacerlo durmiendo. A Barcelona algo menos de tres horas, o a Sevilla o a Málaga o a Valencia. Incluso a Berlín si nos apetece. Recuperemos el disfrute por el viaje. La belleza de experimentar un trayecto, los lugares por donde pasamos, la compañía de los viajeros. Repensemos otra vez las ventajas de viajar en tren.

Nadie dice que volvamos a la diligencia o los viajes de un mes como hacían nuestros abuelos. El ser humano ha viajado siempre y lo más hermoso de ir a un lugar no es estar allí ya, inmediatamente, que el viaje no suponga una pérdida de tiempo. Lo más bonito de un viaje es hacerlo. Disfrutar de todo lo que nos puede ofrecer. La imperiosa necesidad de tener todo al instante nos empuja a destruir lo que está a su alrededor porque solo le damos valor a tener. Ya. Ahora. Lo antes posible. La velocidad y la inmediatez se han convertido en el motor de nuestra vida llevándose por delante los placeres que otorgan hacer todo con más detenimiento.

Recuperar la calma para hacer las cosas, elegir bien que deseamos para que conseguirlo satisfaga realmente el deseo. Si seguimos convirtiendo los viajes en una necesidad vital estaremos contribuyendo a que un día, no haya ningún sitio a donde ir. Planifiquemos nuestro tiempo y aprovechémosle de forma que el viaje sea la verdadera experiencia. No solo llegar, ver rápido, sin aprender nada y volver, para empezar a buscar un nuevo avión que nos haga la vida menos aburrida.

Viñeta

¡¡Guarro!! (viñeta de Artsenal)

Guarro!! (Viñeta de Artsenal)

Ver más

es.calcuworld.com ¿Cuánto contamina un avión?

Herramienta para el cálculo de contaminación de aviones.

ecologistasenaccion.org Por un impuesto al combustible de los aviones 12-06-2019

CIBERACCIÓN: Firma para acabar con la exención del combustible de aviación en Europa.

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